domingo, 10 de mayo de 2015

El cristal de la ventana

El cristal de la ventana ya dejaba pasar los tímidos reflejos que anunciaban la supremacía de la luz del Astro Rey sobre la oscuridad lunar.

Durante esos segundos previos, donde ya había dado la décima vuelta sobre la cama, decidí que ya habían fracasado lo suficiente esos vanos intentos de sumergirme en la onírica realidad. De hecho, nunca podría estar más despierto que en aquellos sueños, la verdad.

Ubicándome en el espacio-tiempo, despegué mi cuerpo de las sábanas. Mis pies colgaban desde lo alto, mirando la profundidad del suelo que había que comenzar a caminar, una mañana más. Descalzo y cuasi desnudo, me erguí y sentí ese suelo glacial que me ponía los pelos de punta y me hacía apretar los dientes. 

Guiado por unos ojos entreabiertos entre el cansancio y la desesperación, bajé esos endiablados escalones y cogí aquella cafetera. La preparé. Di lugar a un fuego azulado y me dispuse a apoyarme en la encimera mientras esperaba que el borboteo del café me sacara de aquella abstracción matutina.

Una serie infinita de sucesos me venían a la mente como una secuencia de proyector: El mar. El cine. Mi diario. Él. Mi soledad. El olor a café. El tacto de la fina arena. El cristal de la ventana. Dos manos entrelazadas. El susurro de la lluvia observado desde el refugio. Unos ojos avellanados. Aire libre. Olor a libro nuevo. El tacto del césped recién cortado. Cosquillas. Una guitarra. Mi voz acompañándola. Un beso intenso y tierno. Caminar sobre la arena húmeda y acogedora. Él. Escalofríos al sentir el tacto de la tierra recién llovida. Amanecer. Te quieros. Sonrisas recíprocas. Aromas intermedios entre salitre y almizcle. El olor a café...

Intenso olor a café y un borboteo ascendente. Al igual que todas mis mañanas, rompieron eficazmente mi evocación entremezclada de sucesos reales y deseados. Cogí una taza, volqué sobre ella el café tostado y enganché mi precioso y ajado diario de tapas amaderadas y duras.

Nombre en la portada y bolígrafo en el lateral. Todo estaba como siempre. Con la humeante taza en la izquierda y el diario en la derecha, subí la escalera de caracol y me dispuse hacia la terraza, que me llamaba entre los albores de la mañana.

En cuanto abrí ese ventanal, me sentí libre. La esencia a sal, la brisa matutina y las vistas hacia ese mar tan inmenso me hacían sentirme soberano en esa soledad tan abrumadora. Con todo eso, me puse mi manta sobre los hombros y abracé esa taza de café, que me darían la valentía para coger el bolígrafo y volcar el contenido de mi alma. 

Alma y cuerpo. Cuerpo y alma. Volcarme, para mitigar ese invierno perenne que está asentado en ella desde hace mucho tiempo. Escribir, para emitir un llanto ahogado que en silencio grita. Relatar, para dar sentido a es tiempo que no tengo y que, sin embargo, pierdo.

Mar en los ojos y con fuego en las manos, me dispuse a trazar las letras que darían sentido a esas frases que compondrían un nuevo capítulo de ese deslucido diario. Inspiré hondo, deslicé un sorbo de café por mi garganta, abrí la puerta de mi compañero de viaje y agarré con fuerza el bolígrafo.


"En el refugio del mar: 10 de mayo de 2015.

En este sitio estoy otra vez. La taza sigue con otro nuevo café. La mar sigue siendo igual de inspiradora. El silencio sigue siendo mi confidente. La soledad sigue siendo mi bálsamo. La manta sigue en mis hombros. Mis ojos siguen entumecidos por las lágrimas. La cama sigue deshecha solo por un lado. Y ese es el maldito problema... Todo sigue igual. Todo, menos yo. 

Ninguna persona se percata de que, para mí, todo sigue igual. Cada día que pasa, se abre más la grieta que alimenta mi hartazgo y mi autocastigo. Cada día que pasa, más bestia, menos humano.

Conforme el tiempo pasa, siento como me consumo y como alimento el fuego que acabará por quemarme mortalmente. Siento los momentos que se han vuelto en mi contra y que ahora me hacen daño. Siento la indiferencia, que es el mayor de los castigos. Siento esta dislexia sentimental, que me hace confundirme constantemente. Siento ira porque no lo entiendo. Siento que estoy harto. Harto de echar de menos.

Ahora, empiezo a echar de menos lo que un día eché de más. Empiezo a valorar el significado del magno sentimiento que vida me infunda y vida me quita. Empiezo a arañar las paredes de la habitación soledad porque me están exprimiendo el aliento, que a duras penas consigo captar.

Nadie me ve hacerlo. Nadie me ve como maldigo al destino en el borde de la desesperación. Nadie ve que te siento a pesar de no verte. Nadie entiende que, ahora realmente, sobrevivo por pura ansiedad. Que sobrevivo con un nudo en la garganta.

Tiemblo al girar la cabeza hacia la habitación. Ya he conseguido hacer muy mío ese síndrome de Estocolmo, aunque reconozco que el miedo a no verte me asusta y rellena cada espacio de mi ser de desazón y amargura. Ya soy capaz de imaginarme frente a tí, bebiendo aguas que juré que no volvería a beber. 

A menudo te imagino ahí parado, de pie y contemplando el suelo. ¡Mírame! Mírame, porque te juro que cuando miro esos ojos no puedo seguir reprimiendo el valor de lanzarme hacia tí. Mírame. Deja que ponga mis ojos y mis labios sobre los tuyos. Deja que pose mi palma en tu palma, entrelazando nuestros dedos. Es lo que nos queda... Nuestros dedos llenos de duda.

Susurras y suspiro. ¡Mírame, joder! Déjame despejar la incógnita en esta intricada ecuación donde soy esa "x" que tiende a no tener solución. Permíteme el derecho de la duda de poder enamorarme de tus defectos. Déjame enredar mis dedos entre tu ensortijado pelo. Cédeme la fuerza de tu vida para romper los muros que limitan la mía. Admíteme que puedo creer mis lágrimas han sembrado el precedente y que tú las has oído. Pero sólo mírame...

Sobre esa imagen proyectada por el intenso crisol de contrariedades, sufro. Sufro porque sabes que no puedo ser eterno con tu corazón de peaje. No puedo seguir pagando con mi ilusión para que tu abras las vedas de tu vida y de tu sentimiento. No puedo. Es apagar mi fuego echando más gasolina y sé que sólo tú eres mi ínfima posibilidad de salvación. Tú, el único agua que apaga mi miedo y mi angustia.

Ahora estoy escribiendo con una letra trémula que no va a ser capaz de dejarme inconcluso para decirte que creo que cada vez iré deshojando este diario de tí. 
Tú no sabes lo que quieres y yo estoy quemando mi propia vida. Estamos en un punto donde no hay nada que represente la vida que nos separa o nos une. Estoy tan cerca de tí que me siento a años luz de lo que piensas, de lo que sientes, de lo que dices. 

Pero, ¿sabes qué? Sólo espero que algún día entiendas que el amor también es precipitarse. Que seguiré usando los mensajes que, sin darte cuenta, entran y que sin darte cuenta, sientes. Que entiendas que nos falta el valor, dejar de lado esa sensatez que nos define y esperar a que, quizá algún día, la osadía llegue para que un simple abrazo pueda convertirse en algo más.

Como ves, vivo en un constante bucle que me sube y me baja. Que me hace alejarme y acercarme a tí. Que me hace ser bipolar contigo. Necesito que me saques de él. Pégame una patada o tiéndeme la mano, pero sácame de este bucle atorado de lapsus sentimentales y de daño sin mesura. Sácame de este bucle. Mi bucle de autodestrucción.

A."


Tras poner el punto y final, volví a girar la cabeza para situarme mirando de nuevo al mar. Ese mar que parece que ahora portaba en mis ojos y que sólo me dejaba visualizar borrones de colores, nada más. 
Una gota de ese agua salada de mar propio, resbalaba por mis mejillas.

Me levanté, me bebí los restos del café frío y me enjugué las lágrimas. Por aquel día, ya había hecho un uso del cilicio por encima de mis posibilidades. 

Recogí mi mustio diario de la mesa del balcón para guardarlo en el cajón del salón. Mi mustio diario de hojas amontonadas que relatan mis vivencias, mis deseos, mis sentimientos, mis frustraciones y mis lágrimas. ¿Cómo es posible que algo tan pequeño pueda encerrar algo tan grande?
Quizá por eso mismo no podía dejar mis paseos por los bajos mundos tan a la vista. Si ya soy vulnerable sin que nadie lo lea, delatarme de esa forma sería como ponerme un cartel en la frente que rezara: "Aséstame el toque de gracia".

Antes de seguir con lo usual de un día normal, miré el móvil. Supe que no habría ningún mensaje suyo. Quizá algún like en Facebook que me provocaba un vuelco en el corazón, como una colegiala en sus años más hormonales. Sin embargo, yo seguía viéndolo usualmente y con el mismo ritual: miraba, me decepcionaba, apagaba y volvía a mirar. ¿Obsesivo? ¿Dependiente? Es muy posible pero, con él, siempre me queda esa esperanza en la que un día me hable, inicie contacto, comencemos a hablar.

No obstante, ese estado pseudoevasivo se disipó cuando me dispuse a hacer la cama. Al igual que todos los días, me di cuenta que era más rápido hacerla porque había media que estaba intacta.

Aquella escena tan desoladora en el fondo también derrochaba esperanza. Su vacío era la esperanza de que alguien volviese a traer claridad, que entrara por el cristal de la ventana un rayo de luz que llenara la habitación y me hiciera sentir vivo.

Vivo, otra vez.




miércoles, 12 de noviembre de 2014

Y que siempre llueva.

Ya hace frío.

Mi cara se enfría cuando apoyo mi mejilla en el cristal de la ventana. Se forma una tímida escarcha que discurre sin principio ni final, desde el techo hacia el suelo, desde arriba hacia abajo... 

Miro a través de ese gélido cristal como la gente circula en su caótico devenir entre prisas y relojes, entre risas y gritos, entre luces y sombras. Los observo en silencio, mirando el todo y mirando la nada. En un punto fijo del paisaje se detiene mi mirada fundiéndose el resto en el paisaje circundante.

Tengo frío. Encojo mis brazos para alargar las mangas de mi jersey pero no me caliento. No sólo tengo frío en mi tez, sino frío en mi ser. Tengo frío grabado a fuego en la piel. Un frío que no se consuela con una manta a su alrededor que apacigüe su actitud. Podría pasar por un cadáver emocional si hubiera un termómetro sentimiental. Es un frío adherido en cada centímetro de mi piel y que se torna aún más helado cuando miro a la cama.

Ay, la cama... La cama donde ayer volví a hacerlo. Volví a sucumbir a mis oníricos deseos. Volví a soñarte y volví a sentirte. Como desde hace días, meses y años.

Enseguida. Temprano. Ayer, cuando me metí en la cama tuve el deseo irrefrenable de taparme hasta los ojos. Y así lo hice. Cerré los ojos e inspiré fuerte ese apático ambiente que flotaba disimuladamente sobre mi cabeza. Sin embargo, noté cómo te acostabas a mi lado. 

Noté como tus brazos rodeaban mi cuerpo. Noté tu cálida piel que calmaba la frialdad de la mía. Noté tu templada respiración en mi nuca y como me infundaba tranquilidad en cada espiración.

Aliviado, me giré para verte pero allí estabas con la cara tapada y sin dejar que averiguara tu identidad. Cuando mi mano se deslizaba sobre tus intrigantes facciones, tu puño se aferraba a mi muñeca impidiendo que cruzara esa veda. Intenté hablarte pero tus dedos se deslizaban por mi cara hasta mis labios pidiendo que callara... Intentos baldíos para descubrirte.

Me volví a girar y te seguiste aferrando a mí. Suspiré mientras la lluvia hacía acto de presencia cayendo lenta pero continuamente en la tierra. Eras tan extraño pero a la vez tan familiar, que me recorrió un escalofrío. Una descarga de cabeza a pies. En mi mente se sucedieron los momentos que viví contigo, todos en los que estuviste pululando en el ambiente. Uno tras otro como una película en diapositivas. Estando así, noté ese sentimiento. Ese que es como la sensación que uno tiene al caer desde las alturas, al tirarse a una piscina helada, al montarse en una montaña rusa, al recibir una piruleta en el cénit de la infancia.

Obnubilado y extasiado por aquel chorro de endorfinas, sentí que mi piel ya no estaba tan gélida. Desde hace tiempo, era capaz de transmitir calor y eso me hizo sentirme tan relajado... Me sentí liberado, me sentí querido. Me sentí vivo. 

Rocío en el cristal que perpetuo me miraba ante tal ficción. Llovía mucho. Me volví a girar pero el velo de tu cara ya no era completo. Al descubierto dejabas tus labios que me pedían apoyar mi cabeza en tu pecho. Asentí y así lo hice. Oía tu latir, sentía tu calor.

Aquella situación no era una más sino que era especial. Experimentaba ese sube y baja de emociones, esa rigidez en el cuello, esa sensación de tener el vello erizado, de tener la piel en guardia. Me cargaba de vida, me cargaba de ilusión, me cargaba de ansiedad y me cargaba de incertidumbre. Me cargaba de todo aquella pila emocional encarnada. 

Miraba furtivamente tu inexistente rostro y aquellos labios sólo me gritaban en el silencio de la situación. Con el suficiente descaro, esquivé tus potentes manos y me posé sobre ellos. Empezó a llover a cántaros. Esa vetusta sensación, que encerrada estaba desde hacía tanto tiempo, se liberó dejándome la mente en blanco ante tal extasiante afecto. Los míos se deslizaban sobre los tuyos mientras me abrazabas con fuerza, me estrujabas el alma, me exprimías el corazón. "En un beso sabrás todo lo que he callado", decía Neruda y, efectivamente, rienda suelta al alma libre. 

El ambiente se tornó de matices. De áspero y seco a suave y cálido. De miedo y duda a esperanza y confianza. De de protocolo y distancia a espontaneidad y cercanía. De indiferencia a... ¿a amor? ¿Me estaba enamorando?

Esperé a separarme de ti para armarme y desarmarte. Tu coraza cayó y con ella el velo de tu rostro. Con sorpresa, tu cara era un continuo que se parecía a todos y se parecía a nadie. Tu cara comenzó a transformarse de manera continua: Ojos redondos y almendrados. Castaños, verdes, azules y grises. Labios más grandes y más pequeños. Carnosos, finos, suaves y ásperos. Nariz más ancha y más estrecha. Chata, afilada, respingona y aguileña. Tu pelo más largo y más corto. Rizado, liso, ondulado y alborotado.

Durante ese tiempo me limité a visualizarte, a examinarte, a inspeccionarte. Deslizaba mi mano sobre tu pelo en constante permuta. Estando tú mi lado, tenía fuego grabado en una fría piel. 

Universal parecías, confianza transmitías. Haciendo gala de tu naturaleza, en un descuido y al contacto con mis dedos, te empezaste a esfumar. Desde entonces, todo volvió a tornarse negro. Y me volvía a ahogar allí solo. Y volvía a hacer mucho frío. Y no llovía. Nada.

Desperté de aquel sueño que se repetía día sí y día también. Me levanté de la cama, puse mis pies sobre el suelo de madera y volví a la misma ventana. Al mismo cristal que se llenaba de escarcha todas las mañanas. Al cristal donde iba a reflexionar y a pensar en lo que mi subconsciente me gritaba cada vez que caía en sus redes. ¿Qué es lo que tienes que vida me insuflas y pena me dejas?

Amor, desde luego. Amor con A mayúscula. Enamorado del amor. El amor que se esconde detrás de esas facciones. El amor que tengo la necesidad de expresar y de entregar. El amor retenido, el amor marchito.

Y así estoy ahora. Apoyado en la ventana donde pienso en ello. Ahora es de noche y el horizonte se sume en una oscuridad abrumadora. Sólo las luces combaten esa infinitud y dibujan un tenue trazo de la civilización. Mi mejilla ahora está mas fría. Mi corazón ahora está más frío porque ha recordado que estuvo caliente. Y mientras tanto, me acurruco en un rincón a observar pasar el tiempo y ver como llueve. Esa lluvia que es la forma de recordarte, de quererte.

Ven, que te pierdo.
Ven, que te olvido.
Ven, que me ahogas.

Ven, que me matas. 

(Y que siempre llueva.)


miércoles, 16 de julio de 2014

Ya no me queda.

Ya no me quedan palabras.
Ya no me quedan lágrimas.
Ya no me queda empuje.

Ha sido increíble, te lo juro. No sabes cuánto. Esta cuesta arriba cada vez está más vertical y yo no soy capaz de vencer más a esta gravedad tan insoportable.

Aun tengo tu última mirada grabada a fuego en mis retinas y en mi recuerdo. Tus ojos se iluminaron como un niño cuando abre sus regalos en Navidad. Me diste un abrazo y fue tan cálido... Siempre me miraste con admiración, con la misma con la que yo te vi nacer y la misma con la que compartimos nuestra infancia hasta que el destino te arrebató de mi vida. De mi vida y de la tuya...

Fue terrible cariño, te lo prometo. Sabía que aquella llamada de madrugada no encerraba nada bueno para los dos. Corriendo fui a tu vera, como corriendo habrías venido a la mía. Mi corazón se desbocó, se inundó, se dejó arrastrar por la angustia y por el miedo. Cuando creía que lo peor había pasado, me senté a llorar por la tensión y a verte entré haciendo un titánico esfuerzo por no gritar y por no hacer mi furia patente. Y todo fue por tí.

A verte entré. A besarte las manos, a acariciarte la cara, a darte ánimos, a creer que podía serte útil. A verte entré, para demostrarte que te quería. Dormido estabas como un ángel y con una tímida y leve sonrisa ante tal artificial paisaje. Y me fui para volver al día siguiente. A seguir en tu regazo, mirándote con los mismos ojos vidriosos que tu me brindabas y mientras te tocaba los mechones del pelo.

Pero el día siguiente fue tarde. Horas después, cruzaste la línea entre lo visible y lo invisible con el mismo rostro angelical. La noticia me impactó como una bala en un cristal. Como un puño en un espejo. Como una bofetada en la mejilla. Impactó tan duro como la muerte impacta en la vida. 

Me tuve que ir al entrar en la antesala de tu recuerdo. Me fui de allí porque mi vida estaba muerta en ese momento. 
Me fui porque me asfixiaba en aquel aire. 
Me fui para gritar y para derramar las lágrimas más amargas de toda mi existencia.
Me fui para tragar.
Me fui para recordar.
Me fui por no volver.

Pero toda ida tiene su vuelta. De una u otra forma, siempre se vuelve. Se vuelve a la tierra, se vuelve a la mente, se vuelve a casa, se vuelve a todo. A todo, menos al vivir.

A verte entré. A besarte las manos, a acariciarte la cara, a infundirte vida, a creer que podría ser omnipotente. A verte entré, para demostrarte que te quería aun más. Entre aquella tenue estampa, entre aquella tenue luz vislumbré a tu madre, desconsolada. Me miró, esbozó un mohín de dulzura y te susurró: "Ya está aquí. Ya está aquí". 

Vi a mi progenitora besarte los pies, tocarte, sentirte entre tu ya gélida piel. Tu madre se abrazaba a tu carne. Yo me abrazaba a mi llanto. El mismo llanto que me empujó a zarandearte, a gritarte, a suplicarte que no me dejaras, a arrodillarme ante tu cama... ¿Por qué, pequeño? ¿Por qué me has hecho esto? ¿Por qué me castigas así?

Ya no me queda alma.
Ya no me quedan fuerzas.
Ya no me queda futuro.

Desde entonces, aquella escena se grabó. Pero no en mi piel, sino en mi alma. Esa alma vapuleada, ensimismada y empequeñecida. Todo sucedió tan deprisa... De repente, la impotencia se adueñó de esa alma y me recorrió una descarga eléctrica hasta el más profundo recoveco de mi cuerpo. Sin embargo, no pude actuar y paralizado me dejaste. Desde entonces, hasta ahora.

Ahora solo puedo aferrarme a tu recuerdo y a mi sentimiento. 

Al recuerdo de tus hoyuelos al reír, de tu nobleza al actuar, de tu bondad al vivir, de tu llamada al verme, de tu salto al planificar nuestro futuro, de tus ojos avellana, de tu risa contagiosa, de tus ganas de vivir, de tu pasión por el deporte, de tu sonrojo innato, de nuestras risas por frases tontas, de crecer como hermanos, de hacerte feliz... Me ahogo en tu recuerdo.
Y a mi sentimiento de no haber podido ser tu "super primo", como tu me decías. De no haberte podido salvar de la garra oscura cuando tú más lo necesitabas. De echarte de menos hasta dolerme el cuerpo. De llorarte hasta desear morirme para estar contigo de nuevo.

Ahora todo se ha roto. Y ¿sabes?, contigo he aprehendido que hay cosas que no hace falta perder para saber todo el valor que encierran. Siempre has sido un valor único, un valor infinito. Has sido un motor en mi vida. Una razón de ser y de existir. Me has enseñado a querer más allá de lo imaginable y me has enseñado a ser tu firme protector y tu a ultranza defensor.

Ya no me queda aliento.
Ya no me quedan ganas de seguir luchando.
Ya no me quedan excusas para seguir llorandote.

Ha sido todo tan surrealista que hasta mi dolor me parece una obra de teatro. Una tragedia que no tiene bajada de telón ni fin del acto... No te imaginas como me culpo por tener que haber estado impasible ante la evidencia y haber tenido que estar en el otro lado, mirándote impotente ante mi ignorancia. Se me han quitado las ganas de ser lo que quería ser, ¿sabes? 

Sin embargo, no se me quitan las ganas de seguir enganchándome a lo poco que me dejas. Ya han sido varias veces desde entonces, pero ayer fui a llevarte tu gorra de los Bulls y tus gafas de sol. Junto a tu revista favorita y la foto de la familia, posé tus cosas. Golpeé el lugar donde yacías porque se me seguía haciendo impotente encontrarte así. Me fui mirando hacia atrás. Atrás por si volvías pero pobre iluso fui. Cuánto tiempo nos ha faltado, cariño, cuánto...

No sé que hacer con esto, rubio. Me dicen que por ti sea. Por ti he sido, soy y seré y eso es lo que no ven. Me dicen de todo... Ya sabes que hay dos cosas, entre otras tantas, por las que más gracias doy todos los días y son mi familia y mis amigos. De entre ellos, mi todoterreno amiga Asia decía una vez: "La vida no es perfecta. Ni mucho menos bonita. Pero al menos es lo suficientemente entretenida como para aguantar lo que sea." Pues, yo no se si puedo aguantar esto si no estás aquí para ayudarme. No sé como acostumbrarme a seguir cosiendo trocitos de alma si cada recuerdo tuyo me destroza lo avanzado. Contigo soy aquella hilandera griega que cose y descose, en un intento vano de darle tiempo al tiempo para que vuelva lo que más anhela.
También decía mi imprescindible amigo José Manuel que las experiencias negativas siempre tienen que transformarse en positivas porque donde está la desgracia siempre subyace una enseñanza.

Pero ya no me queda ánimo.
Ya no tengo consuelo.
Ya no sé que más hacer.

Para acabar mi desdichoso planto, tengo que nombrar a mi siempre acertado amigo Kike y su "Otoño de vida" (Blog de Kike):
"Paisajes de versos se me antojan al pensarte,
desordenados, embrutecidos, ansiosos por hablarte. 
Rienda suelta al alma libre 
que vuela sin querer 
hasta en tu lápida posarse 
para velar el descanso eterno 
que recibió tu injusto perecer.

La vida misma muerta yace 
no me deja respirar, 
pero mis recuerdos siguen vivos 
allá donde tú estás, 
observando nuestro amor que nace 
de la más pura bondad 
que demostrarte antes de irte 
para no volver jamás."

Ya no me queda vida. Me quedo con la colosal huella que has dejado en todos a los que nos han bendecido con disfrutarte durante esta fugaz vida... Ya no me queda nada, Leonardo. 

Los ángeles han ganado un nuevo socio. Yo, he perdido el rumbo.

Por ti, siempre. Tú, para siempre.

"Debes saber, que quién nos quiere no nos abandona jamás" ~ A. Dumbledore



domingo, 20 de abril de 2014

(Des)Esperanza.


De noche. La noticia me impactó en la cara como el resorte de una caja de música y para entonces, ya era tarde. Un frío estremecedor me subía desde los pies hasta la cara, recorriendo cada recoveco de mi cuerpo, cada rincón, cada espacio. Agaché la cabeza una vez más y el mundo de alrededor se apagó. Enmudeció como el que pulsa el 'mute' frente a la tele. La primavera se tornó invierno y la realidad se dio de bruces contra mi consciencia.

Cambié la dirección y puse rumbo a casa. Estar fuera me producía asco, rabia, ira y una sensación de constante hipocresía y engaño encubierto de ciega inocencia. Como siempre, volví a anotar un nombre en la lista mental de las las partidas jugadas y perdidas. Me avergoncé. Me avergoncé tanto que me di a mí mismo una repulsión inabarcable. Me embriagué de esa sensación de ahogo donde el propio oxígeno me asfixiaba y donde las lágrimas me impulsaban a seguir el compás preestablecido de un pie tras el otro.

Llegué a casa. Me ahogaba. Me descalcé deprisa y me desvestí para ponerme cómodo. Me seguía ahogando. Subí a la terraza y abrí la puerta. En el momento en el que mi pie puso su huella sobre aquel pedregoso suelo, sabía que aquella visita no sería para disfrutar de la tibia luz de la Luna. Inhalé aire pero continuaba asfixiándome... aquel nudo en la garganta se apretó hasta límites insospechados. Me senté y sentí el frío de la piedra que, enteramente, soporta las adversidades del tiempo. Y lloré. Y grité. Y no me importó que la ciudad entera abriera el ojo. Y volví a llorar cogiendo todo el aire que mis pulmones admitían... El nudo se deshizo y se deslizó sobre las yemas de mis dedos. El frío dejo albergar algo de calor y, por primera vez, me convertí en una congelante llama. En un hielo abrasador.

Miré a mi alrededor y decidí bajar. Al llegar a mi habitación me choqué contra la cama.¡Maldita sea! El fuego volvió a imponerse y la rabia me poseyó por completo. Una patada a la cama, un puñetazo al escritorio, las hojas por el aire, las fotos acobardadas y esparcidas por el suelo... Exhausto caí de bruces contra el suelo y vi el espejo. Levanté la mirada y tuve compasión de mí mismo. Un sólo pensamiento se repetía como un 'revival': ¿Por qué?

Ya está. La línea roja se había violado una vez más. El cristal no soportó ni más peso ni más golpes. Fue la gota que colmó el vaso. No obstante, a pesar de mi intento baladí de autoconvencimiento, el vaso ya estaba colmado hace mucho tiempo. Y la mesa mojada, y el suelo empapado y mi vida chorreando. ¡Puto masoca, joder!

Me tumbé sobre la cama, encendí la lámpara y recordé una cita del reciente fallecido y maestro Gabo: "Ningún lugar en la vida es más triste que una cama vacía". Mi perra saltó al lecho y se acurrucó a mi lado mientras me observaba con una mirada que removería el estómago de una estatua de piedra. A su lado, miré al techo, me quise no sentir tan anormal, no arder en mi interior por la rabia. Pensé en las sonrisas regaladas, la ilusión desfigurada, la presión en el pecho, el calor desprendido, los recuerdos que afloran y la imposibilidad de poder avanzar...

Y recordé... Una vez, me dijeron que, a veces, la soledad otorga respuestas, pero realmente tengo tanto miedo a estar solo y sentir que me he equivocado... Sólo tengo la solución a muchas preguntas no formuladas, a muchas palabras que no se dijeron, a muchos verbos que no se articularon y a muchas situaciones que jamás tuvieron espacio ni tiempo.

Te lo supliqué. Me pediste una vez más que creyera en tí. Así lo hice y a tí me aferré como el más ferviente seguidor. Te pedí explicaciones y me abofeteaste por semejante osadía. Volví a someterme a tus devenires creyendo que el esfuerzo tendría recompensa. Me ilusionaste infinitas veces y me decepcionaste infinitas veces más. Allí, frente a mí te colocaste. Te miré y me miraste. Me pediste paciencia y te pregunté el porqué. Insististe en darle tiempo al tiempo y me obnubilabas con tus palabras de consuelo, como si de ambrosía se tratara. Yo ya estaba cansado y aun así, realicé un titánico esfuerzo y saqué más fuerza. Seguí sonriendo aún estando destrozado, seguí vendiendo consejos cuando ni para mí tenía, seguí ofreciendo ayuda altruistamente a pesar de gritar socorro, seguí fingiendo que nada ocurría para darte tiempo, seguí mostrando serenidad a expensas de entrar en una continua combustión espontánea y seguí observando como yo era la excepción que cumplía la regla mientras urdías tus enrevesados entresijos que me prometían completitud. Me vendiste que eras "lo último que se pierde" y creí en tu moralidad. Tras largo tiempo, v
olví a preguntarte el porqué y sonreíste. "La miel no está hecha para la boca del asno", me contestaste. ¡Que ciego me has tenido, maldita seas!

Me volviste a traicionar y volviste a reirte en mi cara. Pero ahora, todo ha cambiado y soy yo el que cojo las riendas de tu fortuna. Te juré eterna devoción y hoy juro profesarte perpetuo odio. Contigo me he transfigurado en las tres Moiras: te dí un nacimiento, te di continuidad en el tiempo y ahora, soy tu guillotina. Aquella noche, te desterré para siempre al lugar del que nunca tuviste que salir.

Esa noche, te forcé a entrar en mi bucle de autodestrucción. Volviste a mi Caja de Pandora.

Esa noche, como cualquier otra noche, te enterré estando tú en el interior de la caja. Desesperanzado y con el alma atenuada, te enterré con la esperanza de que no salieras jamás a sabiendas de que una parte de mí se sacrificaba contigo. Sí, con la esperanza. Irónico, ¿verdad?

Esa noche, te abandoné, me alejé de tí, dejaste de ejercer tu efecto y te fuiste.

Pero esta vez fue para siempre.




lunes, 26 de agosto de 2013

Escapar y renacer.

Quiero poder salir de esta cárcel de rutina y atadura.
Quiero poder sentir como cada eslabón de las cadenas en mi piel se hunde. Sentir como ceden ante la fuerza. Sentir como mi cuerpo cae al inerte suelo. Sentir como se cercena la espina, el polvo y la herida.
Quiero poder llegar a oler el húmedo suelo y tan conocido que recoge mis pies cada día, cada hora, cada minuto y cada segundo.
Quiero poder usar esas alas; que, atrofiadas, intentaron aletear más de una vez y esa fuerza que nunca tuve para dejar en ruina los muros que, nunca mejor dicho, me pusieron entre la espada y la pared.

Y escapar... Escapar fugazmente, escapar en un suspiro, escapar en una lágrima, escapar en un parpadeo... Escapar en una vida. Y una muerte.

Escapar, de modo que seguir adelante sea menos doloroso que intentar pisar la senda que dejamos atrás.

Escapar de tal modo que sentir el suelo bajo mis pies me eleve por encima del infinito. 
Mirar tanto al Sol que pueda transfigurarme en Luna. 
Escapar de tal modo que grite de alegría, de rabia y de placer. 
Que llore tan profundo que cada lágrima encierre de manera homogénea: amargura, pena, orgullo, felicidad, Amor y desamor. 
Que el cielo sólo sea el suelo. 
Que el agua fría fluya por mis dedos y mi cuerpo haciéndome inhalar oxígeno más deprisa. 
Que saltar al vacío me haga sentir el más insignificante del mundo. 
Que el viento impacte en mi cara con tan ímpetu que me obligue a caminar al revés.
Dejarse guiar por los instintos, las corazonadas y las voces y llantos que algún día inundaron el viento.
Que pueda fusionarme en la noche que baña el mar, en la arena que enfría mis pies. En esa noche que me regala su brisa y su oscuridad y en ese mar, que me lega su tranquilidad y su tempestad.

Que me asome por la ventanilla delantera de un coche con la cabeza por fuera, mientras ramas y flores, viento e historia acarician mi tez y se emborronan en la inmensidad.
Que me vea obligado a enfrentarme a mi némesis interior para ascender un escalón más.
Que una canción revele la toda pasión y rabia poética que encierra y que un saxofón, un piano y una guitarra rujan al unísono haciéndome entrar en una sinestesia sin paragón.
Que alguien me coja de los hombros, me empuje hacia una pared y me bese de tal manera que esa unión física desbloquee hasta el más recóndido rincón de mi ser que quedó encerrado bajo mil cerrojos. 
Que todas las notas ocres que quedaron en el frigorífico estampadas bajo un imán, que todas las fotos que estuvieron encerradas bajo un plástico, que todas las historias que se sellaron con una carta, vuelen hasta más allá del horizonte... Que vuelen más allá de donde nunca podré pisar.
Que un dedo deslizándose desde mis labios hasta mi ombligo me haga vibrar de placer y arder de lujuria.
Que una risa se abra paso entre el los mundanales ruidos y sea una pequeña luz. Una pequeña luz, tan pequeña, que ni toda la infinita oscuridad pueda eclipsarla.

Y escapar de todas esas formas. Y de incontables formas más, ¡maldita sea!.

Y correr. Correr tan rápido que el tiempo se detenga. Correr tan intensamente que el universo se abra a mis pies. Correr tan fuerte que deje huella hasta en la misma piedra. Correr de una forma tan tenaz que ni mis limitaciones fisiológicas restrinjan mi ímpetu.

Y desfallecer en un instante. Caer en el suelo para saber que alguna vez he estado de pie. Mirar el cielo y comprender que el universo cambia, se desvirtúa, se retuerce en sí mismo para dejar de ser y volver a ser de nuevo, para morir y nacer, para destruirse y construirse, para romperse y ser explorado de mil formas intrincadas. Ahora; ese universo, ese cielo y esos astros que bañan el iris de mis ojos, son un laberinto diferente, un reto diferente, un sitio mío y a la vez de los demás. Un lugar donde entrar y morir, perderse para encontrarse de nuevo al amanecer.

Y así, al fin, que el cielo se parta en dos ante nuestras cabezas. Cerrar los ojos y apagar la luz del universo, fundirse con la colosal tenebrosidad y dejar de ser para quizás, volver a ser. ¿Volver a ser en otra cárcel de rutina y atadura? Quién sabe...

Pero sólo ahí, sólo en ese instante es cuando se aprecia la voluptuosidad, la belleza, la importancia y la fugacidad de un segundo.

Sí, de un segundo. Porque a fin de cuentas para escapar no nos hace falta más. Porque un segundo más, siempre es un segundo menos...





jueves, 11 de julio de 2013

Haciendo balance...

Eso hacemos toda nuestra vida. Durante horas. Durante días. Durante meses y sobre todo, durante años.

Nuestra naturaleza y raciocinio nos impiden sobrellevar la vida sin valorar si lo que hacemos está bien o mal, si lo que tenemos es justo o injusto, si nuestra vida es buena o deplorable, si nuestros actos son justos y buenos...

¡Ay! Maldito raciocinio... Hoy me atormenta a mí. En estas cuatro paredes. Iluminado bajo una tenue luz que ahuyenta la oscuridad que rodea la habitación. Descalzo, notando toda mi gravedad...

Sí, hoy es día de balance. La mente después de exámenes siempre es propensa a hacer balances... Por lo menos del curso. Pero es inevitable, enredar pensamientos que se entrelazan finamente tejiendo una delgada tela que cae, despertando mis mecanismos de alerta. 

En este día de verano, recapitulo mi vida. O al menos una parte de ella. 

En estos años... Tantas cosas se han ganado o perdido. Tantas puertas se abrieron, cerrando otras. Ese valor de marcharse de lugares en los que la comodidad era la constante para llegar a lo desconocido. Con miedo, sí. Pero llegando.

También muchas personas han llegado a mí, durante mi existencia. Pero mi balance lo hago con las que vinieron y se quedaron. Las que son parte de mí. Las que estuvieron, están y estarán.

Y sí, cada etapa académica me ha traído más tesoros a mi vida. Me los ha puesto en bandeja y creo que he sabido alargar la mano en el momento correcto y escogiendo sabiamente. Es posible que me equivocara, quien sabe... El tiempo lo dirá.

Mi infancia fue tan feliz... Añoro esa ingenuidad y esa despreocupación. Aún recuerdo tardes de toboganes, paseos con mis abuelos en los que les leía cada cartel que veía mientras ellos reían, niños rompiendo juguetes que, crédulamente, intentaban pegar con un yogur, manos llenas de plastilina, risas y llantos por no dejarme jugar hasta el infinito con mis amigos... Amistades que eran para siempre... Bendita infancia y bendita familia... 

Mi etapa Primaria me trajo a los compañeros de risas, de compartir mitad del almuerzo, de ceras de colores, de libros, de cumpleaños con tarjeta de invitación, de inocencia y libertad, de  juegos a la luz de una pelota de papel de aluminio... Y es cierto, fui una pieza difícil de encajar, pero me llevé un nutrido grupo del que hoy, muchos forman parte de mi vida. 

Mi etapa Secundaria perfiló ese diamante en bruto. Lleno de muchas más risas. De llantos y despedidas. De nuevas incorporaciones. De libretas que sobrevolaban un aula con olor a cerrado... Esos años lo tallaron. Lo esculpieron. Retiraron las impurezas y residuos de su superficie y me entregaron un diamante brillante, listo para lucir... Y disfrutar.

Y con ellos, llegó mi Bachillerato... ¡Ay, bendito Bachillerato! Fue una explosión que me cegó... Me dejó temblando de miedo al entrar y me soltó temblando de emoción al salir. Esos años fueron absolutamente pletóricos... Como un fulgurante meteorito, impactaron en mi vida muchas nuevas personas, que a pesar de no ser uña y carne, me demostraron lo importantes que podían llegar a ser en mi vida. Esas personas para las que siempre tendré un mensaje escrito mientras esbozo una sonrisa. Para las que siempre tendré tiempo para un "¿Qué tal? Cuéntame como va todo.". Para las que siempre habrá una añoranza, una remembranza de esos momentos en los que estuvimos mano a mano... Para esas, que saben quienes son, gracias por aparecer en mi vida y por manteneros en ella.

Pero no todo fue coser y cantar, dejarse llevar y fluir con las circunstancias... La vida siempre gira y no siempre hacia el mismo lado. Esos años también me enseñaron a valorar, sobre todo las cosas que se pierden. Las personas que dejan de darte la mano para no volver a ti nunca más. Sangre de tu sangre por las que pasa el ciclo de la vida... Nunca fue fácil crecer, pero crecer es vivir, y vivir, es un regalo, aunque a veces sea un dolor... Pero eso, es otro cantar.

Tras ello, llegó la aspiración máxima... Llegar donde he llegado. Las noches en vela, los llantos de alegría, las risas de amargura, las uñas mordidas, los pelos de punta, el cuerpo temblando... Todo dio su fruto y, sobre todo, el placer de poder compartirlo.

Ante mí se abrió un nuevo mundo. Mis futuros compañeros de profesión me esperaban con los brazos abiertos... Hoy, sé que estar donde estoy ha sido una gran recompensa y una gran elección. Aquí, yo soy yo. Y no es que antes no lo fuera, pero hasta entonces he sido sincero sin ser franco.

Con todos ellos, que nuevamente impactaron en mí de manera sobrenatural, el secreto fue revelado. Yo soy yo y estoy tan orgulloso de todos ellos... Hoy, ellos son parte de mi vida y mi familia, y espero yo, ser parte de la suya...

En cuanto a mi familia, creo que caí en el sitio correcto, preciso, necesario y perfecto. Siempre   han sabido darme la mano cuando me he estado ahogando. Siempre han sabido darme un abrazo cuando necesitaba llorar. Siempre han estado ahí, encima de mí, tanto para llevarme al médico o hacer de profesores de estudio como para reñirme por algo que he dicho o hecho. Siempre me han intentado guiar por lo correcto... Y sobre todo, siempre me han dado amor.

En general, creo que el balance, en jerga financiera, ha supuesto más beneficios que gastos. No obstante, me he ido dando cuenta que los "gastos" se acumulan y a veces pueden suponer la "bancarrota", pero que los "beneficios" pueden generar un "superávit" mucho mayor... La vida, es cambio, pero yo soy camaleónico...

Y hasta aquí, mi raciocinio me deja hacer balance... Ahora, ese mismo raciocinio me deja en brazos de Morfeo mientras un poco de aire acaricia mi piel... 

Y ahora, aire, llévame contigo...



jueves, 25 de abril de 2013

Dulce nombre te dieron, amargos hechos haces...

Así se despedía Pleberio de su despeñada hija haciendo referencia al Amor y así cerraba su famoso planto en "La Celestina"...

Y bien, creo que este fragmento me viene como anillo al dedo para reflexionar sobre este tema... 


Llevo ya bastante tiempo pensando sobre que será lo que tiene eso del amor para que nos pueda nublar tanto el juicio... Y no me refiero a la dopamina, la oxitocina, la endorfina o la adrenalina, no. No seré yo el que se aventure en el intricando laberinto de la bioquímica del amor.


Pero, ya fuera de bromas, realmente es muy frustrante ver como ese "amor" es capaz de absorber a las personas  y mermarlas de tal modo que dejen de dar lo mejor de sí. Al menos con los que están a su alrededor y no son sus "amores".


Y no hablo por hablar, no. Ni tampoco es por mí, por suerte. Esto es el preludio de una muerte anunciada. Esa muerte que te hiere sin herida, que te deja sin aliento y que te exprime hasta la última gota. Y por ello, aquí esta mi lloro. Mi llanto. Mi suplicio y mi desdicha.


Y es que odio ese emborrachamiento de "amor". Y sí, hablo de "amor" y no de amor. Porque realmente, ¿un amor que se vuelve enfermizo, que se vuelve dependiente, que se vuelve mortal y que se emponzoña, es realmente amor? Sinceramente, creo que esa concepción dista mucho del (mi) concepto de amor.


Es frustrante visualizar un "amor" ajeno donde la pena y las lágrimas son una constante cuasidiaria. Y lo peor no es visualizarlo como un espectador que ve una película en un cine, donde al salir por la puerta de la sala, deja atrás al personaje proyectado con el que sufrió y con el que echó la lágrima al vivir también su amor de verano. Lo impotente es ser el espectador y componente pasivo de una "película de amor" bastante mal hecha. 


Me explico con lo de componente pasivo. Sí, es ser parte de ese " amor" sin participar activamente en él. Es ese tipo de persona que llora cuando llora uno de los amantes, que ríe cuando ríe, que aconseja cuando se derrumba y mantiene un lazo indiscutible con esa persona. De tal modo, no participa en ese amor (ni quiere) pero sufre las consecuencias.


Pues, ¡enhorabuena! Soy uno de ellos.


He aquí mi pena. Estoy harto de la impotencia del componente pasivo de esa historia de "amantes de Teruel". No llego a comprender cómo una persona puede seguir sintiendo por alguien que no siente y por alguien que te demuestra día a día lo que vale. Mi inteligencia no admite que; unos ojos que ven como los míos, unos oídos que escuchan como los míos y un corazón que siente como el mío; no funcionen en absoluto y que te tengan en una burbuja de falsa felicidad (por cuatro momentos de pseudofelicidad) donde la pretensión al autoengaño supera con creces al infinito y donde cada intento por forzar la situación te eleva más y más alto. Y recordemos que cuánta más alta la altura, mayor es la caída. Es física pura.


No puedo entender cuando una persona recibe un bofetón y pone la otra mejilla. ¿Por qué? ¿Qué mierda tiene ese "amor" para morir por él cuando es precisamente él el que mata y envenena? ¿Qué tiene ese "amor" para ignorar a los que ocupan puestos clave en tu vida y seguir alimentando insanamente esa relación? Insultos, desprecios,  lágrimas amargas, desdichas, rejas, fuerzas del orden y sí, quizás mucho sexo y algún momento feliz, pero ¿qué más necesitas? ¿Un puñal que atraviese  tu inocente cuerpo? 


Quizás se vea aplicada mi bautizada Ley de la Ponzoña Admitida, es decir, dejas caer esos pilares de tu vida por un pilar emponzoñado que envenena al resto y obnubila tu propia caída. ¿Y por qué caen? Por no oírlos  por no sentirlos, por no entenderlos y por no escucharlos. Y, ¿para qué? Para ver las ruinas de lo que fue y aferrarte a esa ponzoña que sabes que jamás permitirá crecer nuevos pilares. Luego, la balanza estará tan inclinada hacia el lado del veneno que no habrá torre que la equilibre.


Parafraseando a Pleberio: "Ni sé si hieres con hierro ni si quemas con fuego. Sana dejas 

la ropa; lastimas el corazón. Haces que feo amen y hermoso les parezca. ¿Quién te dio tanto poder? ¿Quién te puso nombre que no te conviene? Si amor fueses, amarías a tus sirvientes. Si los amases, no les darías pena. Si alegres viviesen, no se matarían [...] Enemigo de toda razón, a los  que menos te sirven das mayores dones, hasta tenerlos metidos en tu congojosa danza. Enemigo de amigos, amigo de enemigos, ¿por qué te riges sin orden ni concierto? Ciego te pintan, pobre y mozo. Pónente un arco en la mano, con que tiras a tiento; más ciegos son tus ministros, que jamás sienten ni ven el desabrido galardón que saca de tu servicio. Tu fuego es de ardiente rayo, que jamás hace señal donde llega. La leña que gasta tu llama son almas y vidas de humanas criaturas"

Ay si fuera yo el Amor, ¡ay! Cuántas flechas no habría lanzado al aire antes de a ciertas personas... ¡cuántas! Y cuánta maldición al momento en el que esa flecha se introdujo; inundando de un camuflado sentimiento cada célula, cada pensamiento y cada resquicio de juicio; en esos cuerpos que, por lógica pura, nunca debieron cruzarse.


Y ese es el fuego con el que lidiar día tras día... El llanto y el insulto, la desesperanza, la desesperación, la rabia y la impotencia. 


Llanto, de ver el llanto en el ser que tanto quieres y el insulto escupido por el ponzoñoso "ser"

Desesperanza de que esa maldita relación asquerosa nunca finalice. 
Desesperación tras ver que lo lógico no llega y que el Karma se despista.
Rabia de no poder aplicar el primario instinto de la fuerza con alguno que otro.
Y la impotencia de sólo ser un espectador que sólo puede influir en el director pero no en su película.

Y sinceramente, cuento las horas, los minutos y los segundos para que esta asquerosa película acabe.