lunes, 26 de agosto de 2013

Escapar y renacer.

Quiero poder salir de esta cárcel de rutina y atadura.
Quiero poder sentir como cada eslabón de las cadenas en mi piel se hunde. Sentir como ceden ante la fuerza. Sentir como mi cuerpo cae al inerte suelo. Sentir como se cercena la espina, el polvo y la herida.
Quiero poder llegar a oler el húmedo suelo y tan conocido que recoge mis pies cada día, cada hora, cada minuto y cada segundo.
Quiero poder usar esas alas; que, atrofiadas, intentaron aletear más de una vez y esa fuerza que nunca tuve para dejar en ruina los muros que, nunca mejor dicho, me pusieron entre la espada y la pared.

Y escapar... Escapar fugazmente, escapar en un suspiro, escapar en una lágrima, escapar en un parpadeo... Escapar en una vida. Y una muerte.

Escapar, de modo que seguir adelante sea menos doloroso que intentar pisar la senda que dejamos atrás.

Escapar de tal modo que sentir el suelo bajo mis pies me eleve por encima del infinito. 
Mirar tanto al Sol que pueda transfigurarme en Luna. 
Escapar de tal modo que grite de alegría, de rabia y de placer. 
Que llore tan profundo que cada lágrima encierre de manera homogénea: amargura, pena, orgullo, felicidad, Amor y desamor. 
Que el cielo sólo sea el suelo. 
Que el agua fría fluya por mis dedos y mi cuerpo haciéndome inhalar oxígeno más deprisa. 
Que saltar al vacío me haga sentir el más insignificante del mundo. 
Que el viento impacte en mi cara con tan ímpetu que me obligue a caminar al revés.
Dejarse guiar por los instintos, las corazonadas y las voces y llantos que algún día inundaron el viento.
Que pueda fusionarme en la noche que baña el mar, en la arena que enfría mis pies. En esa noche que me regala su brisa y su oscuridad y en ese mar, que me lega su tranquilidad y su tempestad.

Que me asome por la ventanilla delantera de un coche con la cabeza por fuera, mientras ramas y flores, viento e historia acarician mi tez y se emborronan en la inmensidad.
Que me vea obligado a enfrentarme a mi némesis interior para ascender un escalón más.
Que una canción revele la toda pasión y rabia poética que encierra y que un saxofón, un piano y una guitarra rujan al unísono haciéndome entrar en una sinestesia sin paragón.
Que alguien me coja de los hombros, me empuje hacia una pared y me bese de tal manera que esa unión física desbloquee hasta el más recóndido rincón de mi ser que quedó encerrado bajo mil cerrojos. 
Que todas las notas ocres que quedaron en el frigorífico estampadas bajo un imán, que todas las fotos que estuvieron encerradas bajo un plástico, que todas las historias que se sellaron con una carta, vuelen hasta más allá del horizonte... Que vuelen más allá de donde nunca podré pisar.
Que un dedo deslizándose desde mis labios hasta mi ombligo me haga vibrar de placer y arder de lujuria.
Que una risa se abra paso entre el los mundanales ruidos y sea una pequeña luz. Una pequeña luz, tan pequeña, que ni toda la infinita oscuridad pueda eclipsarla.

Y escapar de todas esas formas. Y de incontables formas más, ¡maldita sea!.

Y correr. Correr tan rápido que el tiempo se detenga. Correr tan intensamente que el universo se abra a mis pies. Correr tan fuerte que deje huella hasta en la misma piedra. Correr de una forma tan tenaz que ni mis limitaciones fisiológicas restrinjan mi ímpetu.

Y desfallecer en un instante. Caer en el suelo para saber que alguna vez he estado de pie. Mirar el cielo y comprender que el universo cambia, se desvirtúa, se retuerce en sí mismo para dejar de ser y volver a ser de nuevo, para morir y nacer, para destruirse y construirse, para romperse y ser explorado de mil formas intrincadas. Ahora; ese universo, ese cielo y esos astros que bañan el iris de mis ojos, son un laberinto diferente, un reto diferente, un sitio mío y a la vez de los demás. Un lugar donde entrar y morir, perderse para encontrarse de nuevo al amanecer.

Y así, al fin, que el cielo se parta en dos ante nuestras cabezas. Cerrar los ojos y apagar la luz del universo, fundirse con la colosal tenebrosidad y dejar de ser para quizás, volver a ser. ¿Volver a ser en otra cárcel de rutina y atadura? Quién sabe...

Pero sólo ahí, sólo en ese instante es cuando se aprecia la voluptuosidad, la belleza, la importancia y la fugacidad de un segundo.

Sí, de un segundo. Porque a fin de cuentas para escapar no nos hace falta más. Porque un segundo más, siempre es un segundo menos...





jueves, 11 de julio de 2013

Haciendo balance...

Eso hacemos toda nuestra vida. Durante horas. Durante días. Durante meses y sobre todo, durante años.

Nuestra naturaleza y raciocinio nos impiden sobrellevar la vida sin valorar si lo que hacemos está bien o mal, si lo que tenemos es justo o injusto, si nuestra vida es buena o deplorable, si nuestros actos son justos y buenos...

¡Ay! Maldito raciocinio... Hoy me atormenta a mí. En estas cuatro paredes. Iluminado bajo una tenue luz que ahuyenta la oscuridad que rodea la habitación. Descalzo, notando toda mi gravedad...

Sí, hoy es día de balance. La mente después de exámenes siempre es propensa a hacer balances... Por lo menos del curso. Pero es inevitable, enredar pensamientos que se entrelazan finamente tejiendo una delgada tela que cae, despertando mis mecanismos de alerta. 

En este día de verano, recapitulo mi vida. O al menos una parte de ella. 

En estos años... Tantas cosas se han ganado o perdido. Tantas puertas se abrieron, cerrando otras. Ese valor de marcharse de lugares en los que la comodidad era la constante para llegar a lo desconocido. Con miedo, sí. Pero llegando.

También muchas personas han llegado a mí, durante mi existencia. Pero mi balance lo hago con las que vinieron y se quedaron. Las que son parte de mí. Las que estuvieron, están y estarán.

Y sí, cada etapa académica me ha traído más tesoros a mi vida. Me los ha puesto en bandeja y creo que he sabido alargar la mano en el momento correcto y escogiendo sabiamente. Es posible que me equivocara, quien sabe... El tiempo lo dirá.

Mi infancia fue tan feliz... Añoro esa ingenuidad y esa despreocupación. Aún recuerdo tardes de toboganes, paseos con mis abuelos en los que les leía cada cartel que veía mientras ellos reían, niños rompiendo juguetes que, crédulamente, intentaban pegar con un yogur, manos llenas de plastilina, risas y llantos por no dejarme jugar hasta el infinito con mis amigos... Amistades que eran para siempre... Bendita infancia y bendita familia... 

Mi etapa Primaria me trajo a los compañeros de risas, de compartir mitad del almuerzo, de ceras de colores, de libros, de cumpleaños con tarjeta de invitación, de inocencia y libertad, de  juegos a la luz de una pelota de papel de aluminio... Y es cierto, fui una pieza difícil de encajar, pero me llevé un nutrido grupo del que hoy, muchos forman parte de mi vida. 

Mi etapa Secundaria perfiló ese diamante en bruto. Lleno de muchas más risas. De llantos y despedidas. De nuevas incorporaciones. De libretas que sobrevolaban un aula con olor a cerrado... Esos años lo tallaron. Lo esculpieron. Retiraron las impurezas y residuos de su superficie y me entregaron un diamante brillante, listo para lucir... Y disfrutar.

Y con ellos, llegó mi Bachillerato... ¡Ay, bendito Bachillerato! Fue una explosión que me cegó... Me dejó temblando de miedo al entrar y me soltó temblando de emoción al salir. Esos años fueron absolutamente pletóricos... Como un fulgurante meteorito, impactaron en mi vida muchas nuevas personas, que a pesar de no ser uña y carne, me demostraron lo importantes que podían llegar a ser en mi vida. Esas personas para las que siempre tendré un mensaje escrito mientras esbozo una sonrisa. Para las que siempre tendré tiempo para un "¿Qué tal? Cuéntame como va todo.". Para las que siempre habrá una añoranza, una remembranza de esos momentos en los que estuvimos mano a mano... Para esas, que saben quienes son, gracias por aparecer en mi vida y por manteneros en ella.

Pero no todo fue coser y cantar, dejarse llevar y fluir con las circunstancias... La vida siempre gira y no siempre hacia el mismo lado. Esos años también me enseñaron a valorar, sobre todo las cosas que se pierden. Las personas que dejan de darte la mano para no volver a ti nunca más. Sangre de tu sangre por las que pasa el ciclo de la vida... Nunca fue fácil crecer, pero crecer es vivir, y vivir, es un regalo, aunque a veces sea un dolor... Pero eso, es otro cantar.

Tras ello, llegó la aspiración máxima... Llegar donde he llegado. Las noches en vela, los llantos de alegría, las risas de amargura, las uñas mordidas, los pelos de punta, el cuerpo temblando... Todo dio su fruto y, sobre todo, el placer de poder compartirlo.

Ante mí se abrió un nuevo mundo. Mis futuros compañeros de profesión me esperaban con los brazos abiertos... Hoy, sé que estar donde estoy ha sido una gran recompensa y una gran elección. Aquí, yo soy yo. Y no es que antes no lo fuera, pero hasta entonces he sido sincero sin ser franco.

Con todos ellos, que nuevamente impactaron en mí de manera sobrenatural, el secreto fue revelado. Yo soy yo y estoy tan orgulloso de todos ellos... Hoy, ellos son parte de mi vida y mi familia, y espero yo, ser parte de la suya...

En cuanto a mi familia, creo que caí en el sitio correcto, preciso, necesario y perfecto. Siempre   han sabido darme la mano cuando me he estado ahogando. Siempre han sabido darme un abrazo cuando necesitaba llorar. Siempre han estado ahí, encima de mí, tanto para llevarme al médico o hacer de profesores de estudio como para reñirme por algo que he dicho o hecho. Siempre me han intentado guiar por lo correcto... Y sobre todo, siempre me han dado amor.

En general, creo que el balance, en jerga financiera, ha supuesto más beneficios que gastos. No obstante, me he ido dando cuenta que los "gastos" se acumulan y a veces pueden suponer la "bancarrota", pero que los "beneficios" pueden generar un "superávit" mucho mayor... La vida, es cambio, pero yo soy camaleónico...

Y hasta aquí, mi raciocinio me deja hacer balance... Ahora, ese mismo raciocinio me deja en brazos de Morfeo mientras un poco de aire acaricia mi piel... 

Y ahora, aire, llévame contigo...



jueves, 25 de abril de 2013

Dulce nombre te dieron, amargos hechos haces...

Así se despedía Pleberio de su despeñada hija haciendo referencia al Amor y así cerraba su famoso planto en "La Celestina"...

Y bien, creo que este fragmento me viene como anillo al dedo para reflexionar sobre este tema... 


Llevo ya bastante tiempo pensando sobre que será lo que tiene eso del amor para que nos pueda nublar tanto el juicio... Y no me refiero a la dopamina, la oxitocina, la endorfina o la adrenalina, no. No seré yo el que se aventure en el intricando laberinto de la bioquímica del amor.


Pero, ya fuera de bromas, realmente es muy frustrante ver como ese "amor" es capaz de absorber a las personas  y mermarlas de tal modo que dejen de dar lo mejor de sí. Al menos con los que están a su alrededor y no son sus "amores".


Y no hablo por hablar, no. Ni tampoco es por mí, por suerte. Esto es el preludio de una muerte anunciada. Esa muerte que te hiere sin herida, que te deja sin aliento y que te exprime hasta la última gota. Y por ello, aquí esta mi lloro. Mi llanto. Mi suplicio y mi desdicha.


Y es que odio ese emborrachamiento de "amor". Y sí, hablo de "amor" y no de amor. Porque realmente, ¿un amor que se vuelve enfermizo, que se vuelve dependiente, que se vuelve mortal y que se emponzoña, es realmente amor? Sinceramente, creo que esa concepción dista mucho del (mi) concepto de amor.


Es frustrante visualizar un "amor" ajeno donde la pena y las lágrimas son una constante cuasidiaria. Y lo peor no es visualizarlo como un espectador que ve una película en un cine, donde al salir por la puerta de la sala, deja atrás al personaje proyectado con el que sufrió y con el que echó la lágrima al vivir también su amor de verano. Lo impotente es ser el espectador y componente pasivo de una "película de amor" bastante mal hecha. 


Me explico con lo de componente pasivo. Sí, es ser parte de ese " amor" sin participar activamente en él. Es ese tipo de persona que llora cuando llora uno de los amantes, que ríe cuando ríe, que aconseja cuando se derrumba y mantiene un lazo indiscutible con esa persona. De tal modo, no participa en ese amor (ni quiere) pero sufre las consecuencias.


Pues, ¡enhorabuena! Soy uno de ellos.


He aquí mi pena. Estoy harto de la impotencia del componente pasivo de esa historia de "amantes de Teruel". No llego a comprender cómo una persona puede seguir sintiendo por alguien que no siente y por alguien que te demuestra día a día lo que vale. Mi inteligencia no admite que; unos ojos que ven como los míos, unos oídos que escuchan como los míos y un corazón que siente como el mío; no funcionen en absoluto y que te tengan en una burbuja de falsa felicidad (por cuatro momentos de pseudofelicidad) donde la pretensión al autoengaño supera con creces al infinito y donde cada intento por forzar la situación te eleva más y más alto. Y recordemos que cuánta más alta la altura, mayor es la caída. Es física pura.


No puedo entender cuando una persona recibe un bofetón y pone la otra mejilla. ¿Por qué? ¿Qué mierda tiene ese "amor" para morir por él cuando es precisamente él el que mata y envenena? ¿Qué tiene ese "amor" para ignorar a los que ocupan puestos clave en tu vida y seguir alimentando insanamente esa relación? Insultos, desprecios,  lágrimas amargas, desdichas, rejas, fuerzas del orden y sí, quizás mucho sexo y algún momento feliz, pero ¿qué más necesitas? ¿Un puñal que atraviese  tu inocente cuerpo? 


Quizás se vea aplicada mi bautizada Ley de la Ponzoña Admitida, es decir, dejas caer esos pilares de tu vida por un pilar emponzoñado que envenena al resto y obnubila tu propia caída. ¿Y por qué caen? Por no oírlos  por no sentirlos, por no entenderlos y por no escucharlos. Y, ¿para qué? Para ver las ruinas de lo que fue y aferrarte a esa ponzoña que sabes que jamás permitirá crecer nuevos pilares. Luego, la balanza estará tan inclinada hacia el lado del veneno que no habrá torre que la equilibre.


Parafraseando a Pleberio: "Ni sé si hieres con hierro ni si quemas con fuego. Sana dejas 

la ropa; lastimas el corazón. Haces que feo amen y hermoso les parezca. ¿Quién te dio tanto poder? ¿Quién te puso nombre que no te conviene? Si amor fueses, amarías a tus sirvientes. Si los amases, no les darías pena. Si alegres viviesen, no se matarían [...] Enemigo de toda razón, a los  que menos te sirven das mayores dones, hasta tenerlos metidos en tu congojosa danza. Enemigo de amigos, amigo de enemigos, ¿por qué te riges sin orden ni concierto? Ciego te pintan, pobre y mozo. Pónente un arco en la mano, con que tiras a tiento; más ciegos son tus ministros, que jamás sienten ni ven el desabrido galardón que saca de tu servicio. Tu fuego es de ardiente rayo, que jamás hace señal donde llega. La leña que gasta tu llama son almas y vidas de humanas criaturas"

Ay si fuera yo el Amor, ¡ay! Cuántas flechas no habría lanzado al aire antes de a ciertas personas... ¡cuántas! Y cuánta maldición al momento en el que esa flecha se introdujo; inundando de un camuflado sentimiento cada célula, cada pensamiento y cada resquicio de juicio; en esos cuerpos que, por lógica pura, nunca debieron cruzarse.


Y ese es el fuego con el que lidiar día tras día... El llanto y el insulto, la desesperanza, la desesperación, la rabia y la impotencia. 


Llanto, de ver el llanto en el ser que tanto quieres y el insulto escupido por el ponzoñoso "ser"

Desesperanza de que esa maldita relación asquerosa nunca finalice. 
Desesperación tras ver que lo lógico no llega y que el Karma se despista.
Rabia de no poder aplicar el primario instinto de la fuerza con alguno que otro.
Y la impotencia de sólo ser un espectador que sólo puede influir en el director pero no en su película.

Y sinceramente, cuento las horas, los minutos y los segundos para que esta asquerosa película acabe. 









domingo, 24 de marzo de 2013

Si tomas la pastilla azul...

"Fin de la historia" decían en Matrix.

Pero no es tiempo de tomar mi pastilla azul... aún. Creo que más bien la roja. 

La roja, porque desde aquí, pienso llegar al horizonte. Al infinito. Al todo y a la nada. Así de sencillo. 

Donde cada avance, sea una vivencia y una victoria. 
Donde el camino recto no sea siempre el más corto. 
Donde cada lágrima dulce, sea un recuerdo. 
Donde cada lágrima amarga, sea un escarmiento.
Donde cada alegría, sea un éxito
Y donde lo importante sean los pasos y no el camino.

Y hoy, doy mi primer paso.