Ya no me quedan lágrimas.
Ya no me queda empuje.
Ha sido increíble, te lo juro. No sabes cuánto. Esta cuesta arriba cada vez está más vertical y yo no soy capaz de vencer más a esta gravedad tan insoportable.
Aun tengo tu última mirada grabada a fuego en mis retinas y en mi recuerdo. Tus ojos se iluminaron como un niño cuando abre sus regalos en Navidad. Me diste un abrazo y fue tan cálido... Siempre me miraste con admiración, con la misma con la que yo te vi nacer y la misma con la que compartimos nuestra infancia hasta que el destino te arrebató de mi vida. De mi vida y de la tuya...
Fue terrible cariño, te lo prometo. Sabía que aquella llamada de madrugada no encerraba nada bueno para los dos. Corriendo fui a tu vera, como corriendo habrías venido a la mía. Mi corazón se desbocó, se inundó, se dejó arrastrar por la angustia y por el miedo. Cuando creía que lo peor había pasado, me senté a llorar por la tensión y a verte entré haciendo un titánico esfuerzo por no gritar y por no hacer mi furia patente. Y todo fue por tí.
A verte entré. A besarte las manos, a acariciarte la cara, a darte ánimos, a creer que podía serte útil. A verte entré, para demostrarte que te quería. Dormido estabas como un ángel y con una tímida y leve sonrisa ante tal artificial paisaje. Y me fui para volver al día siguiente. A seguir en tu regazo, mirándote con los mismos ojos vidriosos que tu me brindabas y mientras te tocaba los mechones del pelo.
Pero el día siguiente fue tarde. Horas después, cruzaste la línea entre lo visible y lo invisible con el mismo rostro angelical. La noticia me impactó como una bala en un cristal. Como un puño en un espejo. Como una bofetada en la mejilla. Impactó tan duro como la muerte impacta en la vida.
Me tuve que ir al entrar en la antesala de tu recuerdo. Me fui de allí porque mi vida estaba muerta en ese momento.
Me fui porque me asfixiaba en aquel aire.
Me fui para gritar y para derramar las lágrimas más amargas de toda mi existencia.
Me fui para tragar.
Me fui para recordar.
Me fui por no volver.
Pero toda ida tiene su vuelta. De una u otra forma, siempre se vuelve. Se vuelve a la tierra, se vuelve a la mente, se vuelve a casa, se vuelve a todo. A todo, menos al vivir.
A verte entré. A besarte las manos, a acariciarte la cara, a infundirte vida, a creer que podría ser omnipotente. A verte entré, para demostrarte que te quería aun más. Entre aquella tenue estampa, entre aquella tenue luz vislumbré a tu madre, desconsolada. Me miró, esbozó un mohín de dulzura y te susurró: "Ya está aquí. Ya está aquí".
Vi a mi progenitora besarte los pies, tocarte, sentirte entre tu ya gélida piel. Tu madre se abrazaba a tu carne. Yo me abrazaba a mi llanto. El mismo llanto que me empujó a zarandearte, a gritarte, a suplicarte que no me dejaras, a arrodillarme ante tu cama... ¿Por qué, pequeño? ¿Por qué me has hecho esto? ¿Por qué me castigas así?
Ya no me queda alma.
Ya no me quedan fuerzas.
Ya no me queda futuro.
Desde entonces, aquella escena se grabó. Pero no en mi piel, sino en mi alma. Esa alma vapuleada, ensimismada y empequeñecida. Todo sucedió tan deprisa... De repente, la impotencia se adueñó de esa alma y me recorrió una descarga eléctrica hasta el más profundo recoveco de mi cuerpo. Sin embargo, no pude actuar y paralizado me dejaste. Desde entonces, hasta ahora.
Ahora solo puedo aferrarme a tu recuerdo y a mi sentimiento.
Al recuerdo de tus hoyuelos al reír, de tu nobleza al actuar, de tu bondad al vivir, de tu llamada al verme, de tu salto al planificar nuestro futuro, de tus ojos avellana, de tu risa contagiosa, de tus ganas de vivir, de tu pasión por el deporte, de tu sonrojo innato, de nuestras risas por frases tontas, de crecer como hermanos, de hacerte feliz... Me ahogo en tu recuerdo.
Y a mi sentimiento de no haber podido ser tu "super primo", como tu me decías. De no haberte podido salvar de la garra oscura cuando tú más lo necesitabas. De echarte de menos hasta dolerme el cuerpo. De llorarte hasta desear morirme para estar contigo de nuevo.
Ahora todo se ha roto. Y ¿sabes?, contigo he aprehendido que hay cosas que no hace falta perder para saber todo el valor que encierran. Siempre has sido un valor único, un valor infinito. Has sido un motor en mi vida. Una razón de ser y de existir. Me has enseñado a querer más allá de lo imaginable y me has enseñado a ser tu firme protector y tu a ultranza defensor.
Ya no me queda aliento.
Ya no me quedan ganas de seguir luchando.
Ya no me quedan excusas para seguir llorandote.
Ha sido todo tan surrealista que hasta mi dolor me parece una obra de teatro. Una tragedia que no tiene bajada de telón ni fin del acto... No te imaginas como me culpo por tener que haber estado impasible ante la evidencia y haber tenido que estar en el otro lado, mirándote impotente ante mi ignorancia. Se me han quitado las ganas de ser lo que quería ser, ¿sabes?
Sin embargo, no se me quitan las ganas de seguir enganchándome a lo poco que me dejas. Ya han sido varias veces desde entonces, pero ayer fui a llevarte tu gorra de los Bulls y tus gafas de sol. Junto a tu revista favorita y la foto de la familia, posé tus cosas. Golpeé el lugar donde yacías porque se me seguía haciendo impotente encontrarte así. Me fui mirando hacia atrás. Atrás por si volvías pero pobre iluso fui. Cuánto tiempo nos ha faltado, cariño, cuánto...
No sé que hacer con esto, rubio. Me dicen que por ti sea. Por ti he sido, soy y seré y eso es lo que no ven. Me dicen de todo... Ya sabes que hay dos cosas, entre otras tantas, por las que más gracias doy todos los días y son mi familia y mis amigos. De entre ellos, mi todoterreno amiga Asia decía una vez: "La vida no es perfecta. Ni mucho menos bonita. Pero al menos es lo suficientemente entretenida como para aguantar lo que sea." Pues, yo no se si puedo aguantar esto si no estás aquí para ayudarme. No sé como acostumbrarme a seguir cosiendo trocitos de alma si cada recuerdo tuyo me destroza lo avanzado. Contigo soy aquella hilandera griega que cose y descose, en un intento vano de darle tiempo al tiempo para que vuelva lo que más anhela.
También decía mi imprescindible amigo José Manuel que las experiencias negativas siempre tienen que transformarse en positivas porque donde está la desgracia siempre subyace una enseñanza.
Pero ya no me queda ánimo.
Ya no tengo consuelo.
Ya no sé que más hacer.
Para acabar mi desdichoso planto, tengo que nombrar a mi siempre acertado amigo Kike y su "Otoño de vida" (Blog de Kike):
"Paisajes de versos se me antojan al pensarte,
desordenados, embrutecidos, ansiosos por hablarte.
Rienda suelta al alma libre
que vuela sin querer
hasta en tu lápida posarse
para velar el descanso eterno
que recibió tu injusto perecer.
La vida misma muerta yace
no me deja respirar,
pero mis recuerdos siguen vivos
allá donde tú estás,
observando nuestro amor que nace
de la más pura bondad
que demostrarte antes de irte
para no volver jamás."
Ya no me queda vida. Me quedo con la colosal huella que has dejado en todos a los que nos han bendecido con disfrutarte durante esta fugaz vida... Ya no me queda nada, Leonardo.
Los ángeles han ganado un nuevo socio. Yo, he perdido el rumbo.
Por ti, siempre. Tú, para siempre.
"Debes saber, que quién nos quiere no nos abandona jamás" ~ A. Dumbledore