lunes, 15 de agosto de 2016

Préstamos cardíacos

No vivo.

Hace tiempo que olvidé el movimiento del alma.
Hace tiempo que olvidé cómo vivir.
Dejé de vivir.
Ya no sueño.
Ya no vivo.

Me supe vivo por saberme respirando. 
Me supe vivo por saberme latiendo. 
Latiendo, fisiológicamente, en positivo. Latiendo en un electrocardiograma con sus subidas y sus bajadas, con sus picos, con los momentos de pisar el embrague y de echar el freno, con sus microsegundos de parada que nos hielan los sentidos.
Latiendo, mentalmente, en negativo. Desde hace mucho tiempo, debiendo latidos a un electrocardiograma que estaba en parada, estaba en coma, estaba plano. Es demasiado tiempo debiendo latidos a un corazón que no tiene marcapasos que insufle un shock vital suficiente como para volver a llenarse de sangre. 

Y es que el corazón lo es todo.

El corazón ha sido mi banco sentimiental. 
Ante él, mi mitad racional siempre me presentaba con aval. El aval de la pasión, de la ilusión, de las ganas de comerme el mundo en común y no en solitario.
Hasta ahora, fue suficiente. 
Pedí prestados muchos millones de ilusión para negocios que ya estaban abocados al fracaso desde el principio. Y lo peor es que, en el fondo, se sabía.
Acepté poner de mi parte una cuota de amor con interés fijo aunque solo recibía unos montantes de interés variable.
Abrí una cuenta de un "plan de emociones" con la que poder ahorrar los sentimientos del ayer para paliar las soledades del mañana.
Estipulé mi nómina mensual de pensamientos positivos que, con tantos impuestos y retenciones, cada vez se fue transformando en más paupérrima y escuálida.
Fijé mi hipoteca en una indecible cantidad de amor que, ni aun financiada, sería capaz de pagar. Ahora, mucho menos.

Con la vida, he ido teniendo que pagar muchos peajes por el camino. Tantos, que mis arcas están vacías. Dentro de ellas solo queda el eco del nombre de lo que existió y ahora es aire.
Solo restan los restos de lo florido que murió a la espera de ser usado.
Solo existen las caras que fijé y que ahora son silueta. 
En las paredes de mis arcas vitales solo quedan las sombras del alimento del alma cuya fecha de caducidad ya se había pasado.

Y como todo, tenemos que acabar pagando nuestros compromisos. Pero yo no puedo.

Tengo demasiada deuda con mis mundos internos, estoy hasta arriba.

Por eso he sido desahuciado de un corazón que ahora late a la inversa. 
Que siempre seguirá debiendo mientras se mantenga parado. 
Que se ha dado la vuelta como un calcetín rebelde.
Que inyecta sangre desde las arterias hasta las venas.
Que saca sangre de los ventrículos para meterlo en las aurículas.
Que se autodestruye cada noche para repensarse cada mañana.


"Qué bien huele", pensé. Olía a sal, a mar, a libertad. Olía al poder curativo de las lágrimas con el mismo sabor. 
Me percaté de ello mientras notaba como mi cuerpo se hacía consciente de su falta de levedad, de sus ganas de flotar.

Por eso pedí. Pedí que el corazón racional intercediera por el corazón que estaba en stand-by, el que ponía un signo menos delante del paréntesis de la ecuación, el que tenía una flecha señalando la existencia de mis mundos subterráneos.

Al corazón racional le pedí renegociar las cláusulas del contrato para poder reestructurar mi deuda.  

"Tráelo de vuelta", supliqué.

"Sabes que no puedo hacer eso. Está parado, sin vida, sin resuello. Hacerlo volver tiene un precio. Un precio que ni debes ni puedes pagar", me recordó.

"Sólo un poco. Te extiendo esté pagaré de desesperación para poder compensar el precio. Ya no tengo aval pero prometo devolvértelo. Puedo endeudarme hasta yo mismo, pero déjame. Déjame saborear los imposibles. Dame espacio para remontar. Déjame recordar un corazón latiendo en sincronía, llenando mis huecos de ráfagas de vida. Ten piedad de un cuerpo que ha olvidado como vivir día tras día.", rogué.

"Lo haré, pero te matará. Recordarás y será peor. Sabes lo que pasará. Serás la euforia, serás el máximo apogeo, serás el momento previo a la caída de una montaña rusa, serás la fase maníaca de un bipolar. Pero será efímero mientras que tu caída está anunciada en clave de agónica. Dejarás de ser, para serlo todo; volverás a dejar de ser para volver a no ser nada. Y caerás más profundo. Tu deuda será mucho mayor y seguirás cavando una inexorable tumba. Estarás para presentar una enmienda a la totalidad de ti mismo como un todo emocional. Estarás vivo de iure, pero muerto de facto. Quien de sueños vive, de vivir se olvida.", profetizó.

"Creo que hasta eso me compensa. Lo acepto.", sentencié.

"Firma y vive", exclamó.

Y se cumplió. Desde ese momento, entró por la ventana y arrancó las persianas que ondulaban ante el cristal. Se tumbó conmigo en la cama y me preparé. Cogí aire y solté las cuerdas que se enclavaban en mis vértices.

Con los ojos cerrados, el corazón recibió una descarga inabarcable, como un desfibrilador a 1000 julios. Las dos caras del corazón volvieron a latir en conjunto. Yin y yang se volvieron a conocer, mirándose y dejándose influir mutuamente.

La piel se erizó. El recuerdo del cuerpo se volvió a encender como una cerilla enciende la gasolina. El recuerdo de otros tiempos atravesó la sangre de sensaciones olvidadas.

Un beso encendido.
Las pupilas dilatadas.
La lengua humedecida
Los labios entreabiertos.

Sentí de nuevo como mi boca volvía a galopar frente a unos labios carnosos que me pedían más. Una mano en el cuello, la otra bajaba sinuosa por los caminos de mi cuerpo. Notaba como me despegaba de aquella cama.

En mitad de mi pecho, una taquicardia.
La pasión y el deseo todos enteros.
Susurros en el oído de un par de te quieros.
Los cinco sentidos, todos en guardia.

Enganché su mano y la entrelacé con fuerza en un vano intento de fundir lo imposible con lo real. Con la otra, cogía su pelo para sentir su tacto. Notaba el pulso desde mi sienes hasta las plantas de mis pies. Yo seguía flotando, seguía subiendo.

Me besaba con fuerza, le respondía con ímpetu. La piel dolía de estar expectante. Los dedos de los pies se abrían como un abanico con tal de estrenar nuevas vías de amplificar el placer. Presionaba mis dedos contra él con fuerza para que no se fuera. Yo cada vez me notaba más y más alto.

Vueltas. 
Fuerza.
Pasión.
Subida.
Desnudos al aire.
Poesía al alma.
Amor de cacao puro.
Y subía a más velocidad.

Yo me estremecía, arqueaba la espalda, extendía mi cuello, abría mis manos mientras notaba su mano recorrer cada recoveco de mi anatomía, mientras su presencia infundía calor en cada recodo de mi ser . Notaba la velocidad en la cara de subir tan deprisa. Los ojos abiertos como platos, colores nuevos, días claros. Todo a la vez, mezclándose en uno, una sinergia, todo lisérgico.

Hasta arriba y aún más allá. Ya no tenía más modos de seguir abriendo mi corazón en canal, de proclamarme dios y humano al mismo tiempo, de gritar mi vulnerabilidad a los cuatro vientos.

Y de repente empecé a murmurar. Y todo giraba deprisa. Los besos no cesaban, las caricias se solapaban, las manos no encontraban más ángulos de apertura, los dientes mordían a los labios bailando al son de la lengua, las pupilas se tragaban al iris, en los pulmones solo existía el aire.

Y más y más arriba. 
Y hablando más fuerte. 
Un te quiero a la cara. 
Un te necesito mirando sus ojos. 
Un no te vayas cogiéndole la cara con mis manos.
Y un acelerón de repente que me hizo chillar. Estaba en el éxtasis, inflamado de fuego. 
Y grité. 

Con un golpe seco, nos suspendimos en el aire al rozar el máximo punto infinito. Nos miramos a la cara, ojo con ojo, alma con alma.  Nos abrazamos en el medio del vacío mientras sentía el calor de su piel al apoyar mi cabeza en su pecho. Lloraba y me consolaba el tacto como el efecto canguro en los bebés.

Y como tal vino, tal se fue. El contrato se había acabado. Mi saldo no daba para más gasto.

La trampilla se abrió y yo empecé a caer por el vacío de mi distancia mortal, separando lo esencial de lo meramente trivial. La gravedad me demostraba que nada ni nadie escapa a ella. No podía respirar.

Mientras caía, el corazón se fue desdoblando. Una parte en sentido horario, la otra al revés. El corazón fisiológico siguió su tránsito mientras el emocional anotó una nueva cantidad a su deuda vital. Ya comenzaba el latido en negativo. Dio un último coletazo antes de detenerse en seco. Era un corazón que había bajado la palanca del freno de emergencia.

Soy la desolación, soy el máximo ocaso, soy la sensación de caída de una montaña rusa, soy la fase depresiva de un bipolar. Soy la decrepitud anunciada en clave de agónica. 
He dejado de ser, para serlo todo; he vuelto a dejar de ser para volver a no ser nada. 
He caído a la planta -100. 
Mi deuda es ahora mucho mayor y sigo cavando mi inexorable tumba. 
Estoy para presentar una enmienda a la totalidad de mi mismo como un todo emocional, donde la disyuntiva dicotómica se mueve entre disolverme o refundarme.

Caí de golpe, de nuevo en mi cama y cogiendo aire como si me ahogara entre agua, aunque bueno, sé ahogarme sin tener agua delante.

Ya no olía a sal, olía a quemado. A fuego. Porque lo he quemado todo y me he quemado por dentro. Tengo que soplar hacia afuera, tengo que soplar para dentro. Necesito quimioterapia en el corazón y paliativos en la mente.

"Estarás vivo de iure, pero muerto de facto.", recordé.

Ahora estoy triste porque estuve eufórico, me siento vacío porque me desbordé, me siento huérfano porque derramé ilusión, voy lento porque fui a 1000 por hora, me declaro apático porque ardí en pasión... Me declaro muerto porque me creí con el alma viva.

Pero ya ni estando vivo puedo estar vivo.

Yo, no vivo.

No vivo.



miércoles, 27 de enero de 2016

La gramola de Nunca Jamás.

El altavoz se puso en marcha y sobre él, mi reproductor de música. Modo aleatorio, como todo lo que me rodea.

El calor de la chimenea dejaba una atmósfera cómoda y confortable.

El sabor del tercer café me bajaba por la garganta con un sabor demasiado amargo y caliente. Supongo que ya tenía el efecto acumulativo de los anteriores, como todo en la vida.

Todo se acumula y se acentúa. Todo se potencia al tragar como cuando trago al beber ese café.

He tragado momentos. He tragado desgracias. He tragado euforia. He tragado conversaciones, e incluso he tragado a determinada gente corriendo el riesgo de atragantarme.

Sin embargo, jamás he podido tragarme los sentimientos ni las emociones. Ni puedo, ni quiero. Podría seguir aplicándoles litros de saliva que nunca me ayudarán a "pasar el trago". Sé desde hace mucho tiempo que la mayoría no bajan al estómago para ser digeridos.
Se quedan en la garganta, moviéndose entre ellos, deslizándose, mientras esperan esos momentos de entropía gutural, que aceleran esas uniones, que catalizan esos vaivenes y se enredan. Se mezclan. Forman un nudo en la garganta rígido, duro, punzante.
Un nudo que, curiosamente, solo se traga cuando se llora, que solo se traga cuando se escupe.



"El cielo está cansado ya de ver la lluvia caer y cada día que pasa es uno más parecido a ayer..." Se escucha el "Inevitable" de Shakira mientras la tarareo entre susurros.


Con una mano en la garganta y otra en mi ajada taza blanca de cerámica, donde quedan los posos de mi café. Miro desde el ventanal frente al que estoy de pie y miro cara a cara al tiempo. Miro la taza y trago saliva. No sé por qué no he estrellado esa taza contra la pared mucho antes. Ver escrito ese trapacero "Tú puedes con todo" me crispa en un modo superlativo.

¡Claro que no podemos con todo, joder! No podemos. No mientas, no te engañes. No podemos. Y menos mal que es así. Es bueno no poder porque es bueno conocer nuestros límites. La resiliencia no se puede soltar al aire y creer que se expandirá hasta el infinito como el espacio cósmico. No lo hará.

No podemos y es necesario no poder. No podemos con la incertidumbre, no podemos con la distancia, no podemos con la soledad, no podemos no sentirnos queridos, no podemos esperar indefinidamente, no podemos sustituir la paciencia por resistencia, no podemos andar sin un apoyo que nos haga mover el mundo, no podemos con la muerte, no podemos con la vida. Yo no puedo.

Es tan necesario no poder... Necesitamos venirnos abajo, destrozarnos, desgarrarnos la vida, derrumbar el sentir humano, vernos agobiados por las circunstancias, dejarnos morir alguna que otra vez. Sólo así podremos recoger del suelo los pedazos de nosotros mismos y buscar la forma de reinventarnos de forma más impredecible, más fuerte, más unida. Darle un giro a nuestro cubo de Rubik emocional y cambiar la contraseña de nuestro candado mental.
Que puedan derribarnos, sí, pero que no sea tan fácil.


Así que no me queda otra opción. Es necesario hacer lo que voy a hacer. Hay que empezar a reconstruir lo roto y desechar tangentes que me llevan al mismo círculo vicioso. Hay que empezar a tomar perpendiculares que me alejen del punto de no retorno y me acerquen a una solución o a una salida.


"No one else can make feel the colours that you bring" se escucha por la habitación junto con los repitiqueos de las chispas de la chimenea. Minnie Riperton y su voz tan melódica.

Estoy de pie frente al ventanal, como viene siendo costumbre, mientras miro el tiempo, el aire, el presente. Creo que ya va siendo hora de cambiar el chip y de reprogramar las barreras de afectividad violadas.
Porque volaron. Volaron por los aires como la explosión de unos fuegos artificiales.
Porque ardieron. Ardieron como los troncos de leña seca sobre un fuego apabullante.
Porque cedieron. Cedieron como los eslabones de una cadena que no soportan más fuerza ejercida en direcciones opuestas.


Cogí el mando y subí un poco el volumen mientras se escuchaba a Coldplay cantar. "When I fall, I fall so far. I wanna fall, fall so high and call it magic, call it truth"


Por ultima vez, me dirigí a un mueble de la habitación. La cadencia de los pasos reverberaba en la habitación con fuerza. Allí estaba mi tesoro de tapas amaderadas y ajadas. Ese diario encerraba en esas páginas de celulosa más trasfondo emocional que muchos de los que estaban dentro descritos. Era la vasija donde volcaba mi corazón cada vez que se veía saturado, dolido o pleno.
Era un alter ego que aguardaba escondido en un cajón para no ser sobreexpuesto y que ya estaba acabando su ciclo.

Empezaban a percibirse las notas más agudas de un piano y la inconfundible voz grave de Nina Simone fluyó por todos lados. "
I put a spell on you..." y me eché a reir por lo bajo. Quizá los de ella funcionaban pero los míos se ve que son del Magia Borrás.

Me senté en la mecedora de la habitación de cara al ventanal, fui a la última hoja, la última que quedaba vacía, cogí el bolígrafo azul del lateral y empecé a dejar fluir la tinta por aquel amigo confidente por última vez.

"En el refugio de siempre: algún día de algún mes de 2016

Volvemos a encontrarnos donde siempre pero que dejará de ser siempre para ser un érase una vez. Otra vez con el café. Otra vez ese tímido sol que entra por el ventanal dándome un poco de calor. Otra vez aquí. Otra vez así.

Sabíamos que pasaría. Lo sabías tú, que eres tú por ser pedacitos de mí, y lo sabía yo, que soy yo por ser pedacitos de la zozobra del azar.

Sé que sabes. Sabes que sé que hay que ser muy estúpido o muy idealista para seguir pendiendo de un hilo tratando de ser un trapecista con tijeras en los pies. Cada paso que he dado en esa frágil línea ha afilado esa cuchilla que ha friccionado la cuerda. La ha deshilachado.
La última vez te escribí pidiendo un punto de inflexión y así ocurrió. Encogí los pies, se cortó la cuerda y caí aunque me agarré donde pude.

Ya está todo hecho. No es sano seguir cruzando un mar de inquietud sobre el apoyo de la inseguridad y no quiero seguir persiguiendo un tesoro tan esquivo. Un paso adelante y él da dos hacia atrás.

No puedo y ya sabes que pienso que poder no va ligado al querer. El impulso, el sentimiento, la intensidad, la duración comienzan y acaban en ti pero lo que lo hace posible el deseo, lo que lo lleva hasta su última consecuencia no nace de ti pero puede morir contigo.

Cuando una puerta se cierra, se abre una ventana, dicen por ahí. ¿Y si la ventana tiene echado el pestillo? ¿Y si la ventana está cerrada por fuera? Habrá que buscar otra salida y sabes que esta es la única que dignamente lo cumple.

Te deshojarás de mi y yo me deshojaré de todo lo que me une y me separa al mismo tiempo. No mereces llenar más tu transparencia de mis dedos llenos de miedo. No mereces que tu limpieza sea invadida por mis trazas de amargura.

Necesito huir, escapar, transformarme. Un giro donde nada cambie pero que me cambie entero antes de seguir perdiéndome. Ser un yo recolocado con unas nuevas piezas de puzzle porque estas están encajando solo a martillazos.

Que siga habiendo paz en mi desastre, que siga habiendo luz en mi celda. 

Acuérdate de mí. De lo que queda de mí. Hemos ido desgajando un alma que se ha vuelto quimera. A trozos roja, a trozos azul. En unos lados redonda, en unos lados afilada. En espacios continuos, en espacios con acantilados.

No ha habido puntos medios sino fuegos intensos. Buenos o malos, más malos que buenos. Queman, ennegrecen, fatigan, resquebrajan. ¿Qué más queda en esta desolación sin paliativo?

Quédate lo que queda de mí porque ya no me hace falta. No es un requisito para seguir respirando porque si lo fuera, ya me habría ahogado. 
Quédatelo. Aquí te lo dejo. Que termine de arder pero que no arda conmigo. Que no me haga sentirme más vivo porque sólo soy un fénix a medias. Me convertirá en ceniza y nada saldrá de ellas.

Tómalo. Aquí lo tienes. Nadie lo reclama, ni siquiera yo mismo. 
Por favor, no me odies. Sabes que no es mi culpa. Yo no dirijo las leyes universales. Las mentes que de recuerdos tienen huecos, de ausencias se mueren.

Quizá sea un error pero estoy volviendo al punto de no retorno. Será buscar lo imposible, será algo de lo que me privo.

Eso será mi bendición y mi castigo.

A."


Puse punto y final a la última historia y al diario. Antes de cerrar la tapa dejé la esencia de mi dentro de él. Ese era el final último de lo que le escribí.
Lo dejé sobre la mecedora y me dispuse a acabar lo que ya estaba empezado.

Cuando me puse en pie, visualicé la habitación. Alzando la vista fui consciente del vacío que yo mismo había provocado.

"Hasta aquí" fue la última frase que mi boca pronunció mientras cerraba la última caja de cartón.  Mi voz resonó con fuerza imponiéndose a la melodía de Years&Years que salía del altavoz. "
I was biting my tongue, I was trying to hide. I'll forget what I've done. I'll be redefined"

Qué curioso es ver como toda una vida puede ser empaquetada en tan poco. En tan poco espacio, en tal poco tiempo, en tan poco cuerpo.


Si yo ya me iba, ya era momento de dejar entrar otras cosas. Abrí las ventanas y las cortinas se movían y se ondulaban al son del viento de levante. 
Empecé a echar sábanas blancas sobre todo aquello. Sillones, mesas, lámparas. Hasta pararme en el espejo de pie. Me devolvía el reflejo de un yang inalcanzable que de pie observaba a un cuerpo por el yin consumido. Quizá, si algún día vuelvo para recuperar mi condición de humano, romper ese espejo me lleve a cruzar al otro lado. 
Y ese espejo recogió la imagen de un cuerpo que lo tapaba para evitar seguir ejerciendo su reflejo vacilante.

Cuando acabé de cerrarlo todo, me volví a asomar por el ventanal que daba al jardín. Tuve que sonreír porque aquella imagen fue la confirmación de que la decisión tomada era inexorablemente cierta. Ya no quedaban margaritas. Estaban todas deshojadas.

Y, por fin, mientras el fuego seguía ardiendo tomé el diario. Lo abracé fuerte porque todo lo que me hizo sentirme vivo estaba en esas hojas encuadernadas. Como ya le había tatuado en su celulosa, esto era un siempre que se transformaba en un nunca jamás sin redención. Y así fue.

Antes de arrepentirme, lo arrojé al fuego y vi como ardía mientras me dolía la garganta. Garfios, ganzúas, espinas y fuego se fundían en mi cuello. Eso era un momento que no sería posible de tragar.

Bajé las escaleras mientras sonaba la última canción en esa casa. Vanesa Martín sería la clausura de la última tragicomedia que actuaba en esos cuatro alegóricos pilares. "Pero no me tiembla el pulso si te veo. Y me imagino ya durmiendo sola porque no me duele este vacío que dejas en este amanecer de largas horas. Del amante amor, al amigo amor. Se me fue el amor, se me consumió."


Efectivamente. 


Salí enfrentándome de cara al frío y cerré la puerta. Todo dependía de cerrar esa puerta porque en el sótano de nuestro fracaso siempre puede haber un piso más.

Fui donde las margaritas hacían presencia de su ausencia, enterré la llave y me fui sin girar la cabeza.


Ese era un camino nuevo hacia ningún sitio, hacia ninguna parte. Cuando no sabes el rumbo que tomar siempre da igual el camino que quieras coger.

Eso sí, eché a andar.

Por la perpendicular del cuento de nunca jamás.