No vivo.
Hace tiempo que olvidé el movimiento del alma.
Hace tiempo que olvidé cómo vivir.
Dejé de vivir.
Ya no sueño.
Ya no vivo.
Me supe vivo por saberme respirando.
Me supe vivo por saberme latiendo.
Latiendo, fisiológicamente, en positivo. Latiendo en un electrocardiograma con sus subidas y sus bajadas, con sus picos, con los momentos de pisar el embrague y de echar el freno, con sus microsegundos de parada que nos hielan los sentidos.
Latiendo, mentalmente, en negativo. Desde hace mucho tiempo, debiendo latidos a un electrocardiograma que estaba en parada, estaba en coma, estaba plano. Es demasiado tiempo debiendo latidos a un corazón que no tiene marcapasos que insufle un shock vital suficiente como para volver a llenarse de sangre.
Latiendo, mentalmente, en negativo. Desde hace mucho tiempo, debiendo latidos a un electrocardiograma que estaba en parada, estaba en coma, estaba plano. Es demasiado tiempo debiendo latidos a un corazón que no tiene marcapasos que insufle un shock vital suficiente como para volver a llenarse de sangre.
Y es que el corazón lo es todo.
El corazón ha sido mi banco sentimiental.
El corazón ha sido mi banco sentimiental.
Ante él, mi mitad racional siempre me presentaba con aval. El aval de la pasión, de la ilusión, de las ganas de comerme el mundo en común y no en solitario.
Hasta ahora, fue suficiente.
Pedí prestados muchos millones de ilusión para negocios que ya estaban abocados al fracaso desde el principio. Y lo peor es que, en el fondo, se sabía.
Acepté poner de mi parte una cuota de amor con interés fijo aunque solo recibía unos montantes de interés variable.
Abrí una cuenta de un "plan de emociones" con la que poder ahorrar los sentimientos del ayer para paliar las soledades del mañana.
Estipulé mi nómina mensual de pensamientos positivos que, con tantos impuestos y retenciones, cada vez se fue transformando en más paupérrima y escuálida.
Fijé mi hipoteca en una indecible cantidad de amor que, ni aun financiada, sería capaz de pagar. Ahora, mucho menos.
Con la vida, he ido teniendo que pagar muchos peajes por el camino. Tantos, que mis arcas están vacías. Dentro de ellas solo queda el eco del nombre de lo que existió y ahora es aire.
Solo restan los restos de lo florido que murió a la espera de ser usado.
Solo existen las caras que fijé y que ahora son silueta.
Solo restan los restos de lo florido que murió a la espera de ser usado.
Solo existen las caras que fijé y que ahora son silueta.
En las paredes de mis arcas vitales solo quedan las sombras del alimento del alma cuya fecha de caducidad ya se había pasado.
Y como todo, tenemos que acabar pagando nuestros compromisos. Pero yo no puedo.
Tengo demasiada deuda con mis mundos internos, estoy hasta arriba.
Por eso he sido desahuciado de un corazón que ahora late a la inversa.
Que siempre seguirá debiendo mientras se mantenga parado.
Que se ha dado la vuelta como un calcetín rebelde.
Que inyecta sangre desde las arterias hasta las venas.
Que saca sangre de los ventrículos para meterlo en las aurículas.
Que se autodestruye cada noche para repensarse cada mañana.
"Qué bien huele", pensé. Olía a sal, a mar, a libertad. Olía al poder curativo de las lágrimas con el mismo sabor.
Me percaté de ello mientras notaba como mi cuerpo se hacía consciente de su falta de levedad, de sus ganas de flotar.
Por eso pedí. Pedí que el corazón racional intercediera por el corazón que estaba en stand-by, el que ponía un signo menos delante del paréntesis de la ecuación, el que tenía una flecha señalando la existencia de mis mundos subterráneos.
Al corazón racional le pedí renegociar las cláusulas del contrato para poder reestructurar mi deuda.
"Tráelo de vuelta", supliqué.
"Sabes que no puedo hacer eso. Está parado, sin vida, sin resuello. Hacerlo volver tiene un precio. Un precio que ni debes ni puedes pagar", me recordó.
"Sólo un poco. Te extiendo esté pagaré de desesperación para poder compensar el precio. Ya no tengo aval pero prometo devolvértelo. Puedo endeudarme hasta yo mismo, pero déjame. Déjame saborear los imposibles. Dame espacio para remontar. Déjame recordar un corazón latiendo en sincronía, llenando mis huecos de ráfagas de vida. Ten piedad de un cuerpo que ha olvidado como vivir día tras día.", rogué.
"Lo haré, pero te matará. Recordarás y será peor. Sabes lo que pasará. Serás la euforia, serás el máximo apogeo, serás el momento previo a la caída de una montaña rusa, serás la fase maníaca de un bipolar. Pero será efímero mientras que tu caída está anunciada en clave de agónica. Dejarás de ser, para serlo todo; volverás a dejar de ser para volver a no ser nada. Y caerás más profundo. Tu deuda será mucho mayor y seguirás cavando una inexorable tumba. Estarás para presentar una enmienda a la totalidad de ti mismo como un todo emocional. Estarás vivo de iure, pero muerto de facto. Quien de sueños vive, de vivir se olvida.", profetizó.
"Creo que hasta eso me compensa. Lo acepto.", sentencié.
"Firma y vive", exclamó.
Y se cumplió. Desde ese momento, entró por la ventana y arrancó las persianas que ondulaban ante el cristal. Se tumbó conmigo en la cama y me preparé. Cogí aire y solté las cuerdas que se enclavaban en mis vértices.
Con los ojos cerrados, el corazón recibió una descarga inabarcable, como un desfibrilador a 1000 julios. Las dos caras del corazón volvieron a latir en conjunto. Yin y yang se volvieron a conocer, mirándose y dejándose influir mutuamente.
La piel se erizó. El recuerdo del cuerpo se volvió a encender como una cerilla enciende la gasolina. El recuerdo de otros tiempos atravesó la sangre de sensaciones olvidadas.
Un beso encendido.
Las pupilas dilatadas.
La lengua humedecida
Los labios entreabiertos.
Sentí de nuevo como mi boca volvía a galopar frente a unos labios carnosos que me pedían más. Una mano en el cuello, la otra bajaba sinuosa por los caminos de mi cuerpo. Notaba como me despegaba de aquella cama.
En mitad de mi pecho, una taquicardia.
La pasión y el deseo todos enteros.
Susurros en el oído de un par de te quieros.
Los cinco sentidos, todos en guardia.
Enganché su mano y la entrelacé con fuerza en un vano intento de fundir lo imposible con lo real. Con la otra, cogía su pelo para sentir su tacto. Notaba el pulso desde mi sienes hasta las plantas de mis pies. Yo seguía flotando, seguía subiendo.
Me besaba con fuerza, le respondía con ímpetu. La piel dolía de estar expectante. Los dedos de los pies se abrían como un abanico con tal de estrenar nuevas vías de amplificar el placer. Presionaba mis dedos contra él con fuerza para que no se fuera. Yo cada vez me notaba más y más alto.
Vueltas.
Fuerza.
Pasión.
Subida.
Desnudos al aire.
Poesía al alma.
Amor de cacao puro.
Y subía a más velocidad.
Yo me estremecía, arqueaba la espalda, extendía mi cuello, abría mis manos mientras notaba su mano recorrer cada recoveco de mi anatomía, mientras su presencia infundía calor en cada recodo de mi ser . Notaba la velocidad en la cara de subir tan deprisa. Los ojos abiertos como platos, colores nuevos, días claros. Todo a la vez, mezclándose en uno, una sinergia, todo lisérgico.
Hasta arriba y aún más allá. Ya no tenía más modos de seguir abriendo mi corazón en canal, de proclamarme dios y humano al mismo tiempo, de gritar mi vulnerabilidad a los cuatro vientos.
Y de repente empecé a murmurar. Y todo giraba deprisa. Los besos no cesaban, las caricias se solapaban, las manos no encontraban más ángulos de apertura, los dientes mordían a los labios bailando al son de la lengua, las pupilas se tragaban al iris, en los pulmones solo existía el aire.
Y más y más arriba.
Y hablando más fuerte.
Un te quiero a la cara.
Un te necesito mirando sus ojos.
Un no te vayas cogiéndole la cara con mis manos.
Y un acelerón de repente que me hizo chillar. Estaba en el éxtasis, inflamado de fuego.
Y grité.
Con un golpe seco, nos suspendimos en el aire al rozar el máximo punto infinito. Nos miramos a la cara, ojo con ojo, alma con alma. Nos abrazamos en el medio del vacío mientras sentía el calor de su piel al apoyar mi cabeza en su pecho. Lloraba y me consolaba el tacto como el efecto canguro en los bebés.
Y como tal vino, tal se fue. El contrato se había acabado. Mi saldo no daba para más gasto.
La trampilla se abrió y yo empecé a caer por el vacío de mi distancia mortal, separando lo esencial de lo meramente trivial. La gravedad me demostraba que nada ni nadie escapa a ella. No podía respirar.
Mientras caía, el corazón se fue desdoblando. Una parte en sentido horario, la otra al revés. El corazón fisiológico siguió su tránsito mientras el emocional anotó una nueva cantidad a su deuda vital. Ya comenzaba el latido en negativo. Dio un último coletazo antes de detenerse en seco. Era un corazón que había bajado la palanca del freno de emergencia.
Soy la desolación, soy el máximo ocaso, soy la sensación de caída de una montaña rusa, soy la fase depresiva de un bipolar. Soy la decrepitud anunciada en clave de agónica.
He dejado de ser, para serlo todo; he vuelto a dejar de ser para volver a no ser nada.
He caído a la planta -100.
Mi deuda es ahora mucho mayor y sigo cavando mi inexorable tumba.
Estoy para presentar una enmienda a la totalidad de mi mismo como un todo emocional, donde la disyuntiva dicotómica se mueve entre disolverme o refundarme.
Caí de golpe, de nuevo en mi cama y cogiendo aire como si me ahogara entre agua, aunque bueno, sé ahogarme sin tener agua delante.
Ya no olía a sal, olía a quemado. A fuego. Porque lo he quemado todo y me he quemado por dentro. Tengo que soplar hacia afuera, tengo que soplar para dentro. Necesito quimioterapia en el corazón y paliativos en la mente.
"Estarás vivo de iure, pero muerto de facto.", recordé.
Ahora estoy triste porque estuve eufórico, me siento vacío porque me desbordé, me siento huérfano porque derramé ilusión, voy lento porque fui a 1000 por hora, me declaro apático porque ardí en pasión... Me declaro muerto porque me creí con el alma viva.
Pero ya ni estando vivo puedo estar vivo.
Yo, no vivo.
No vivo.