domingo, 10 de mayo de 2015

El cristal de la ventana

El cristal de la ventana ya dejaba pasar los tímidos reflejos que anunciaban la supremacía de la luz del Astro Rey sobre la oscuridad lunar.

Durante esos segundos previos, donde ya había dado la décima vuelta sobre la cama, decidí que ya habían fracasado lo suficiente esos vanos intentos de sumergirme en la onírica realidad. De hecho, nunca podría estar más despierto que en aquellos sueños, la verdad.

Ubicándome en el espacio-tiempo, despegué mi cuerpo de las sábanas. Mis pies colgaban desde lo alto, mirando la profundidad del suelo que había que comenzar a caminar, una mañana más. Descalzo y cuasi desnudo, me erguí y sentí ese suelo glacial que me ponía los pelos de punta y me hacía apretar los dientes. 

Guiado por unos ojos entreabiertos entre el cansancio y la desesperación, bajé esos endiablados escalones y cogí aquella cafetera. La preparé. Di lugar a un fuego azulado y me dispuse a apoyarme en la encimera mientras esperaba que el borboteo del café me sacara de aquella abstracción matutina.

Una serie infinita de sucesos me venían a la mente como una secuencia de proyector: El mar. El cine. Mi diario. Él. Mi soledad. El olor a café. El tacto de la fina arena. El cristal de la ventana. Dos manos entrelazadas. El susurro de la lluvia observado desde el refugio. Unos ojos avellanados. Aire libre. Olor a libro nuevo. El tacto del césped recién cortado. Cosquillas. Una guitarra. Mi voz acompañándola. Un beso intenso y tierno. Caminar sobre la arena húmeda y acogedora. Él. Escalofríos al sentir el tacto de la tierra recién llovida. Amanecer. Te quieros. Sonrisas recíprocas. Aromas intermedios entre salitre y almizcle. El olor a café...

Intenso olor a café y un borboteo ascendente. Al igual que todas mis mañanas, rompieron eficazmente mi evocación entremezclada de sucesos reales y deseados. Cogí una taza, volqué sobre ella el café tostado y enganché mi precioso y ajado diario de tapas amaderadas y duras.

Nombre en la portada y bolígrafo en el lateral. Todo estaba como siempre. Con la humeante taza en la izquierda y el diario en la derecha, subí la escalera de caracol y me dispuse hacia la terraza, que me llamaba entre los albores de la mañana.

En cuanto abrí ese ventanal, me sentí libre. La esencia a sal, la brisa matutina y las vistas hacia ese mar tan inmenso me hacían sentirme soberano en esa soledad tan abrumadora. Con todo eso, me puse mi manta sobre los hombros y abracé esa taza de café, que me darían la valentía para coger el bolígrafo y volcar el contenido de mi alma. 

Alma y cuerpo. Cuerpo y alma. Volcarme, para mitigar ese invierno perenne que está asentado en ella desde hace mucho tiempo. Escribir, para emitir un llanto ahogado que en silencio grita. Relatar, para dar sentido a es tiempo que no tengo y que, sin embargo, pierdo.

Mar en los ojos y con fuego en las manos, me dispuse a trazar las letras que darían sentido a esas frases que compondrían un nuevo capítulo de ese deslucido diario. Inspiré hondo, deslicé un sorbo de café por mi garganta, abrí la puerta de mi compañero de viaje y agarré con fuerza el bolígrafo.


"En el refugio del mar: 10 de mayo de 2015.

En este sitio estoy otra vez. La taza sigue con otro nuevo café. La mar sigue siendo igual de inspiradora. El silencio sigue siendo mi confidente. La soledad sigue siendo mi bálsamo. La manta sigue en mis hombros. Mis ojos siguen entumecidos por las lágrimas. La cama sigue deshecha solo por un lado. Y ese es el maldito problema... Todo sigue igual. Todo, menos yo. 

Ninguna persona se percata de que, para mí, todo sigue igual. Cada día que pasa, se abre más la grieta que alimenta mi hartazgo y mi autocastigo. Cada día que pasa, más bestia, menos humano.

Conforme el tiempo pasa, siento como me consumo y como alimento el fuego que acabará por quemarme mortalmente. Siento los momentos que se han vuelto en mi contra y que ahora me hacen daño. Siento la indiferencia, que es el mayor de los castigos. Siento esta dislexia sentimental, que me hace confundirme constantemente. Siento ira porque no lo entiendo. Siento que estoy harto. Harto de echar de menos.

Ahora, empiezo a echar de menos lo que un día eché de más. Empiezo a valorar el significado del magno sentimiento que vida me infunda y vida me quita. Empiezo a arañar las paredes de la habitación soledad porque me están exprimiendo el aliento, que a duras penas consigo captar.

Nadie me ve hacerlo. Nadie me ve como maldigo al destino en el borde de la desesperación. Nadie ve que te siento a pesar de no verte. Nadie entiende que, ahora realmente, sobrevivo por pura ansiedad. Que sobrevivo con un nudo en la garganta.

Tiemblo al girar la cabeza hacia la habitación. Ya he conseguido hacer muy mío ese síndrome de Estocolmo, aunque reconozco que el miedo a no verte me asusta y rellena cada espacio de mi ser de desazón y amargura. Ya soy capaz de imaginarme frente a tí, bebiendo aguas que juré que no volvería a beber. 

A menudo te imagino ahí parado, de pie y contemplando el suelo. ¡Mírame! Mírame, porque te juro que cuando miro esos ojos no puedo seguir reprimiendo el valor de lanzarme hacia tí. Mírame. Deja que ponga mis ojos y mis labios sobre los tuyos. Deja que pose mi palma en tu palma, entrelazando nuestros dedos. Es lo que nos queda... Nuestros dedos llenos de duda.

Susurras y suspiro. ¡Mírame, joder! Déjame despejar la incógnita en esta intricada ecuación donde soy esa "x" que tiende a no tener solución. Permíteme el derecho de la duda de poder enamorarme de tus defectos. Déjame enredar mis dedos entre tu ensortijado pelo. Cédeme la fuerza de tu vida para romper los muros que limitan la mía. Admíteme que puedo creer mis lágrimas han sembrado el precedente y que tú las has oído. Pero sólo mírame...

Sobre esa imagen proyectada por el intenso crisol de contrariedades, sufro. Sufro porque sabes que no puedo ser eterno con tu corazón de peaje. No puedo seguir pagando con mi ilusión para que tu abras las vedas de tu vida y de tu sentimiento. No puedo. Es apagar mi fuego echando más gasolina y sé que sólo tú eres mi ínfima posibilidad de salvación. Tú, el único agua que apaga mi miedo y mi angustia.

Ahora estoy escribiendo con una letra trémula que no va a ser capaz de dejarme inconcluso para decirte que creo que cada vez iré deshojando este diario de tí. 
Tú no sabes lo que quieres y yo estoy quemando mi propia vida. Estamos en un punto donde no hay nada que represente la vida que nos separa o nos une. Estoy tan cerca de tí que me siento a años luz de lo que piensas, de lo que sientes, de lo que dices. 

Pero, ¿sabes qué? Sólo espero que algún día entiendas que el amor también es precipitarse. Que seguiré usando los mensajes que, sin darte cuenta, entran y que sin darte cuenta, sientes. Que entiendas que nos falta el valor, dejar de lado esa sensatez que nos define y esperar a que, quizá algún día, la osadía llegue para que un simple abrazo pueda convertirse en algo más.

Como ves, vivo en un constante bucle que me sube y me baja. Que me hace alejarme y acercarme a tí. Que me hace ser bipolar contigo. Necesito que me saques de él. Pégame una patada o tiéndeme la mano, pero sácame de este bucle atorado de lapsus sentimentales y de daño sin mesura. Sácame de este bucle. Mi bucle de autodestrucción.

A."


Tras poner el punto y final, volví a girar la cabeza para situarme mirando de nuevo al mar. Ese mar que parece que ahora portaba en mis ojos y que sólo me dejaba visualizar borrones de colores, nada más. 
Una gota de ese agua salada de mar propio, resbalaba por mis mejillas.

Me levanté, me bebí los restos del café frío y me enjugué las lágrimas. Por aquel día, ya había hecho un uso del cilicio por encima de mis posibilidades. 

Recogí mi mustio diario de la mesa del balcón para guardarlo en el cajón del salón. Mi mustio diario de hojas amontonadas que relatan mis vivencias, mis deseos, mis sentimientos, mis frustraciones y mis lágrimas. ¿Cómo es posible que algo tan pequeño pueda encerrar algo tan grande?
Quizá por eso mismo no podía dejar mis paseos por los bajos mundos tan a la vista. Si ya soy vulnerable sin que nadie lo lea, delatarme de esa forma sería como ponerme un cartel en la frente que rezara: "Aséstame el toque de gracia".

Antes de seguir con lo usual de un día normal, miré el móvil. Supe que no habría ningún mensaje suyo. Quizá algún like en Facebook que me provocaba un vuelco en el corazón, como una colegiala en sus años más hormonales. Sin embargo, yo seguía viéndolo usualmente y con el mismo ritual: miraba, me decepcionaba, apagaba y volvía a mirar. ¿Obsesivo? ¿Dependiente? Es muy posible pero, con él, siempre me queda esa esperanza en la que un día me hable, inicie contacto, comencemos a hablar.

No obstante, ese estado pseudoevasivo se disipó cuando me dispuse a hacer la cama. Al igual que todos los días, me di cuenta que era más rápido hacerla porque había media que estaba intacta.

Aquella escena tan desoladora en el fondo también derrochaba esperanza. Su vacío era la esperanza de que alguien volviese a traer claridad, que entrara por el cristal de la ventana un rayo de luz que llenara la habitación y me hiciera sentir vivo.

Vivo, otra vez.