De noche. La noticia me impactó en la cara como el resorte de una caja de música y para entonces, ya era tarde. Un frío estremecedor me subía desde los pies hasta la cara, recorriendo cada recoveco de mi cuerpo, cada rincón, cada espacio. Agaché la cabeza una vez más y el mundo de alrededor se apagó. Enmudeció como el que pulsa el 'mute' frente a la tele. La primavera se tornó invierno y la realidad se dio de bruces contra mi consciencia.
Cambié la dirección y puse rumbo a casa. Estar fuera me producía asco, rabia, ira y una sensación de constante hipocresía y engaño encubierto de ciega inocencia. Como siempre, volví a anotar un nombre en la lista mental de las las partidas jugadas y perdidas. Me avergoncé. Me avergoncé tanto que me di a mí mismo una repulsión inabarcable. Me embriagué de esa sensación de ahogo donde el propio oxígeno me asfixiaba y donde las lágrimas me impulsaban a seguir el compás preestablecido de un pie tras el otro.
Llegué a casa. Me ahogaba. Me descalcé deprisa y me desvestí para ponerme cómodo. Me seguía ahogando. Subí a la terraza y abrí la puerta. En el momento en el que mi pie puso su huella sobre aquel pedregoso suelo, sabía que aquella visita no sería para disfrutar de la tibia luz de la Luna. Inhalé aire pero continuaba asfixiándome... aquel nudo en la garganta se apretó hasta límites insospechados. Me senté y sentí el frío de la piedra que, enteramente, soporta las adversidades del tiempo. Y lloré. Y grité. Y no me importó que la ciudad entera abriera el ojo. Y volví a llorar cogiendo todo el aire que mis pulmones admitían... El nudo se deshizo y se deslizó sobre las yemas de mis dedos. El frío dejo albergar algo de calor y, por primera vez, me convertí en una congelante llama. En un hielo abrasador.
Miré a mi alrededor y decidí bajar. Al llegar a mi habitación me choqué contra la cama.¡Maldita sea! El fuego volvió a imponerse y la rabia me poseyó por completo. Una patada a la cama, un puñetazo al escritorio, las hojas por el aire, las fotos acobardadas y esparcidas por el suelo... Exhausto caí de bruces contra el suelo y vi el espejo. Levanté la mirada y tuve compasión de mí mismo. Un sólo pensamiento se repetía como un 'revival': ¿Por qué?
Ya está. La línea roja se había violado una vez más. El cristal no soportó ni más peso ni más golpes. Fue la gota que colmó el vaso. No obstante, a pesar de mi intento baladí de autoconvencimiento, el vaso ya estaba colmado hace mucho tiempo. Y la mesa mojada, y el suelo empapado y mi vida chorreando. ¡Puto masoca, joder!
Me tumbé sobre la cama, encendí la lámpara y recordé una cita del reciente fallecido y maestro Gabo: "Ningún lugar en la vida es más triste que una cama vacía". Mi perra saltó al lecho y se acurrucó a mi lado mientras me observaba con una mirada que removería el estómago de una estatua de piedra. A su lado, miré al techo, me quise no sentir tan anormal, no arder en mi interior por la rabia. Pensé en las sonrisas regaladas, la ilusión desfigurada, la presión en el pecho, el calor desprendido, los recuerdos que afloran y la imposibilidad de poder avanzar...
Y recordé... Una vez, me dijeron que, a veces, la soledad otorga respuestas, pero realmente tengo tanto miedo a estar solo y sentir que me he equivocado... Sólo tengo la solución a muchas preguntas no formuladas, a muchas palabras que no se dijeron, a muchos verbos que no se articularon y a muchas situaciones que jamás tuvieron espacio ni tiempo.
Te lo supliqué. Me pediste una vez más que creyera en tí. Así lo hice y a tí me aferré como el más ferviente seguidor. Te pedí explicaciones y me abofeteaste por semejante osadía. Volví a someterme a tus devenires creyendo que el esfuerzo tendría recompensa. Me ilusionaste infinitas veces y me decepcionaste infinitas veces más. Allí, frente a mí te colocaste. Te miré y me miraste. Me pediste paciencia y te pregunté el porqué. Insististe en darle tiempo al tiempo y me obnubilabas con tus palabras de consuelo, como si de ambrosía se tratara. Yo ya estaba cansado y aun así, realicé un titánico esfuerzo y saqué más fuerza. Seguí sonriendo aún estando destrozado, seguí vendiendo consejos cuando ni para mí tenía, seguí ofreciendo ayuda altruistamente a pesar de gritar socorro, seguí fingiendo que nada ocurría para darte tiempo, seguí mostrando serenidad a expensas de entrar en una continua combustión espontánea y seguí observando como yo era la excepción que cumplía la regla mientras urdías tus enrevesados entresijos que me prometían completitud. Me vendiste que eras "lo último que se pierde" y creí en tu moralidad. Tras largo tiempo, volví a preguntarte el porqué y sonreíste. "La miel no está hecha para la boca del asno", me contestaste. ¡Que ciego me has tenido, maldita seas!
Me volviste a traicionar y volviste a reirte en mi cara. Pero ahora, todo ha cambiado y soy yo el que cojo las riendas de tu fortuna. Te juré eterna devoción y hoy juro profesarte perpetuo odio. Contigo me he transfigurado en las tres Moiras: te dí un nacimiento, te di continuidad en el tiempo y ahora, soy tu guillotina. Aquella noche, te desterré para siempre al lugar del que nunca tuviste que salir.
Esa noche, te forcé a entrar en mi bucle de autodestrucción. Volviste a mi Caja de Pandora.
Esa noche, como cualquier otra noche, te enterré estando tú en el interior de la caja. Desesperanzado y con el alma atenuada, te enterré con la esperanza de que no salieras jamás a sabiendas de que una parte de mí se sacrificaba contigo. Sí, con la esperanza. Irónico, ¿verdad?
Esa noche, te abandoné, me alejé de tí, dejaste de ejercer tu efecto y te fuiste.
Pero esta vez fue para siempre.