lunes, 15 de agosto de 2016

Préstamos cardíacos

No vivo.

Hace tiempo que olvidé el movimiento del alma.
Hace tiempo que olvidé cómo vivir.
Dejé de vivir.
Ya no sueño.
Ya no vivo.

Me supe vivo por saberme respirando. 
Me supe vivo por saberme latiendo. 
Latiendo, fisiológicamente, en positivo. Latiendo en un electrocardiograma con sus subidas y sus bajadas, con sus picos, con los momentos de pisar el embrague y de echar el freno, con sus microsegundos de parada que nos hielan los sentidos.
Latiendo, mentalmente, en negativo. Desde hace mucho tiempo, debiendo latidos a un electrocardiograma que estaba en parada, estaba en coma, estaba plano. Es demasiado tiempo debiendo latidos a un corazón que no tiene marcapasos que insufle un shock vital suficiente como para volver a llenarse de sangre. 

Y es que el corazón lo es todo.

El corazón ha sido mi banco sentimiental. 
Ante él, mi mitad racional siempre me presentaba con aval. El aval de la pasión, de la ilusión, de las ganas de comerme el mundo en común y no en solitario.
Hasta ahora, fue suficiente. 
Pedí prestados muchos millones de ilusión para negocios que ya estaban abocados al fracaso desde el principio. Y lo peor es que, en el fondo, se sabía.
Acepté poner de mi parte una cuota de amor con interés fijo aunque solo recibía unos montantes de interés variable.
Abrí una cuenta de un "plan de emociones" con la que poder ahorrar los sentimientos del ayer para paliar las soledades del mañana.
Estipulé mi nómina mensual de pensamientos positivos que, con tantos impuestos y retenciones, cada vez se fue transformando en más paupérrima y escuálida.
Fijé mi hipoteca en una indecible cantidad de amor que, ni aun financiada, sería capaz de pagar. Ahora, mucho menos.

Con la vida, he ido teniendo que pagar muchos peajes por el camino. Tantos, que mis arcas están vacías. Dentro de ellas solo queda el eco del nombre de lo que existió y ahora es aire.
Solo restan los restos de lo florido que murió a la espera de ser usado.
Solo existen las caras que fijé y que ahora son silueta. 
En las paredes de mis arcas vitales solo quedan las sombras del alimento del alma cuya fecha de caducidad ya se había pasado.

Y como todo, tenemos que acabar pagando nuestros compromisos. Pero yo no puedo.

Tengo demasiada deuda con mis mundos internos, estoy hasta arriba.

Por eso he sido desahuciado de un corazón que ahora late a la inversa. 
Que siempre seguirá debiendo mientras se mantenga parado. 
Que se ha dado la vuelta como un calcetín rebelde.
Que inyecta sangre desde las arterias hasta las venas.
Que saca sangre de los ventrículos para meterlo en las aurículas.
Que se autodestruye cada noche para repensarse cada mañana.


"Qué bien huele", pensé. Olía a sal, a mar, a libertad. Olía al poder curativo de las lágrimas con el mismo sabor. 
Me percaté de ello mientras notaba como mi cuerpo se hacía consciente de su falta de levedad, de sus ganas de flotar.

Por eso pedí. Pedí que el corazón racional intercediera por el corazón que estaba en stand-by, el que ponía un signo menos delante del paréntesis de la ecuación, el que tenía una flecha señalando la existencia de mis mundos subterráneos.

Al corazón racional le pedí renegociar las cláusulas del contrato para poder reestructurar mi deuda.  

"Tráelo de vuelta", supliqué.

"Sabes que no puedo hacer eso. Está parado, sin vida, sin resuello. Hacerlo volver tiene un precio. Un precio que ni debes ni puedes pagar", me recordó.

"Sólo un poco. Te extiendo esté pagaré de desesperación para poder compensar el precio. Ya no tengo aval pero prometo devolvértelo. Puedo endeudarme hasta yo mismo, pero déjame. Déjame saborear los imposibles. Dame espacio para remontar. Déjame recordar un corazón latiendo en sincronía, llenando mis huecos de ráfagas de vida. Ten piedad de un cuerpo que ha olvidado como vivir día tras día.", rogué.

"Lo haré, pero te matará. Recordarás y será peor. Sabes lo que pasará. Serás la euforia, serás el máximo apogeo, serás el momento previo a la caída de una montaña rusa, serás la fase maníaca de un bipolar. Pero será efímero mientras que tu caída está anunciada en clave de agónica. Dejarás de ser, para serlo todo; volverás a dejar de ser para volver a no ser nada. Y caerás más profundo. Tu deuda será mucho mayor y seguirás cavando una inexorable tumba. Estarás para presentar una enmienda a la totalidad de ti mismo como un todo emocional. Estarás vivo de iure, pero muerto de facto. Quien de sueños vive, de vivir se olvida.", profetizó.

"Creo que hasta eso me compensa. Lo acepto.", sentencié.

"Firma y vive", exclamó.

Y se cumplió. Desde ese momento, entró por la ventana y arrancó las persianas que ondulaban ante el cristal. Se tumbó conmigo en la cama y me preparé. Cogí aire y solté las cuerdas que se enclavaban en mis vértices.

Con los ojos cerrados, el corazón recibió una descarga inabarcable, como un desfibrilador a 1000 julios. Las dos caras del corazón volvieron a latir en conjunto. Yin y yang se volvieron a conocer, mirándose y dejándose influir mutuamente.

La piel se erizó. El recuerdo del cuerpo se volvió a encender como una cerilla enciende la gasolina. El recuerdo de otros tiempos atravesó la sangre de sensaciones olvidadas.

Un beso encendido.
Las pupilas dilatadas.
La lengua humedecida
Los labios entreabiertos.

Sentí de nuevo como mi boca volvía a galopar frente a unos labios carnosos que me pedían más. Una mano en el cuello, la otra bajaba sinuosa por los caminos de mi cuerpo. Notaba como me despegaba de aquella cama.

En mitad de mi pecho, una taquicardia.
La pasión y el deseo todos enteros.
Susurros en el oído de un par de te quieros.
Los cinco sentidos, todos en guardia.

Enganché su mano y la entrelacé con fuerza en un vano intento de fundir lo imposible con lo real. Con la otra, cogía su pelo para sentir su tacto. Notaba el pulso desde mi sienes hasta las plantas de mis pies. Yo seguía flotando, seguía subiendo.

Me besaba con fuerza, le respondía con ímpetu. La piel dolía de estar expectante. Los dedos de los pies se abrían como un abanico con tal de estrenar nuevas vías de amplificar el placer. Presionaba mis dedos contra él con fuerza para que no se fuera. Yo cada vez me notaba más y más alto.

Vueltas. 
Fuerza.
Pasión.
Subida.
Desnudos al aire.
Poesía al alma.
Amor de cacao puro.
Y subía a más velocidad.

Yo me estremecía, arqueaba la espalda, extendía mi cuello, abría mis manos mientras notaba su mano recorrer cada recoveco de mi anatomía, mientras su presencia infundía calor en cada recodo de mi ser . Notaba la velocidad en la cara de subir tan deprisa. Los ojos abiertos como platos, colores nuevos, días claros. Todo a la vez, mezclándose en uno, una sinergia, todo lisérgico.

Hasta arriba y aún más allá. Ya no tenía más modos de seguir abriendo mi corazón en canal, de proclamarme dios y humano al mismo tiempo, de gritar mi vulnerabilidad a los cuatro vientos.

Y de repente empecé a murmurar. Y todo giraba deprisa. Los besos no cesaban, las caricias se solapaban, las manos no encontraban más ángulos de apertura, los dientes mordían a los labios bailando al son de la lengua, las pupilas se tragaban al iris, en los pulmones solo existía el aire.

Y más y más arriba. 
Y hablando más fuerte. 
Un te quiero a la cara. 
Un te necesito mirando sus ojos. 
Un no te vayas cogiéndole la cara con mis manos.
Y un acelerón de repente que me hizo chillar. Estaba en el éxtasis, inflamado de fuego. 
Y grité. 

Con un golpe seco, nos suspendimos en el aire al rozar el máximo punto infinito. Nos miramos a la cara, ojo con ojo, alma con alma.  Nos abrazamos en el medio del vacío mientras sentía el calor de su piel al apoyar mi cabeza en su pecho. Lloraba y me consolaba el tacto como el efecto canguro en los bebés.

Y como tal vino, tal se fue. El contrato se había acabado. Mi saldo no daba para más gasto.

La trampilla se abrió y yo empecé a caer por el vacío de mi distancia mortal, separando lo esencial de lo meramente trivial. La gravedad me demostraba que nada ni nadie escapa a ella. No podía respirar.

Mientras caía, el corazón se fue desdoblando. Una parte en sentido horario, la otra al revés. El corazón fisiológico siguió su tránsito mientras el emocional anotó una nueva cantidad a su deuda vital. Ya comenzaba el latido en negativo. Dio un último coletazo antes de detenerse en seco. Era un corazón que había bajado la palanca del freno de emergencia.

Soy la desolación, soy el máximo ocaso, soy la sensación de caída de una montaña rusa, soy la fase depresiva de un bipolar. Soy la decrepitud anunciada en clave de agónica. 
He dejado de ser, para serlo todo; he vuelto a dejar de ser para volver a no ser nada. 
He caído a la planta -100. 
Mi deuda es ahora mucho mayor y sigo cavando mi inexorable tumba. 
Estoy para presentar una enmienda a la totalidad de mi mismo como un todo emocional, donde la disyuntiva dicotómica se mueve entre disolverme o refundarme.

Caí de golpe, de nuevo en mi cama y cogiendo aire como si me ahogara entre agua, aunque bueno, sé ahogarme sin tener agua delante.

Ya no olía a sal, olía a quemado. A fuego. Porque lo he quemado todo y me he quemado por dentro. Tengo que soplar hacia afuera, tengo que soplar para dentro. Necesito quimioterapia en el corazón y paliativos en la mente.

"Estarás vivo de iure, pero muerto de facto.", recordé.

Ahora estoy triste porque estuve eufórico, me siento vacío porque me desbordé, me siento huérfano porque derramé ilusión, voy lento porque fui a 1000 por hora, me declaro apático porque ardí en pasión... Me declaro muerto porque me creí con el alma viva.

Pero ya ni estando vivo puedo estar vivo.

Yo, no vivo.

No vivo.



miércoles, 27 de enero de 2016

La gramola de Nunca Jamás.

El altavoz se puso en marcha y sobre él, mi reproductor de música. Modo aleatorio, como todo lo que me rodea.

El calor de la chimenea dejaba una atmósfera cómoda y confortable.

El sabor del tercer café me bajaba por la garganta con un sabor demasiado amargo y caliente. Supongo que ya tenía el efecto acumulativo de los anteriores, como todo en la vida.

Todo se acumula y se acentúa. Todo se potencia al tragar como cuando trago al beber ese café.

He tragado momentos. He tragado desgracias. He tragado euforia. He tragado conversaciones, e incluso he tragado a determinada gente corriendo el riesgo de atragantarme.

Sin embargo, jamás he podido tragarme los sentimientos ni las emociones. Ni puedo, ni quiero. Podría seguir aplicándoles litros de saliva que nunca me ayudarán a "pasar el trago". Sé desde hace mucho tiempo que la mayoría no bajan al estómago para ser digeridos.
Se quedan en la garganta, moviéndose entre ellos, deslizándose, mientras esperan esos momentos de entropía gutural, que aceleran esas uniones, que catalizan esos vaivenes y se enredan. Se mezclan. Forman un nudo en la garganta rígido, duro, punzante.
Un nudo que, curiosamente, solo se traga cuando se llora, que solo se traga cuando se escupe.



"El cielo está cansado ya de ver la lluvia caer y cada día que pasa es uno más parecido a ayer..." Se escucha el "Inevitable" de Shakira mientras la tarareo entre susurros.


Con una mano en la garganta y otra en mi ajada taza blanca de cerámica, donde quedan los posos de mi café. Miro desde el ventanal frente al que estoy de pie y miro cara a cara al tiempo. Miro la taza y trago saliva. No sé por qué no he estrellado esa taza contra la pared mucho antes. Ver escrito ese trapacero "Tú puedes con todo" me crispa en un modo superlativo.

¡Claro que no podemos con todo, joder! No podemos. No mientas, no te engañes. No podemos. Y menos mal que es así. Es bueno no poder porque es bueno conocer nuestros límites. La resiliencia no se puede soltar al aire y creer que se expandirá hasta el infinito como el espacio cósmico. No lo hará.

No podemos y es necesario no poder. No podemos con la incertidumbre, no podemos con la distancia, no podemos con la soledad, no podemos no sentirnos queridos, no podemos esperar indefinidamente, no podemos sustituir la paciencia por resistencia, no podemos andar sin un apoyo que nos haga mover el mundo, no podemos con la muerte, no podemos con la vida. Yo no puedo.

Es tan necesario no poder... Necesitamos venirnos abajo, destrozarnos, desgarrarnos la vida, derrumbar el sentir humano, vernos agobiados por las circunstancias, dejarnos morir alguna que otra vez. Sólo así podremos recoger del suelo los pedazos de nosotros mismos y buscar la forma de reinventarnos de forma más impredecible, más fuerte, más unida. Darle un giro a nuestro cubo de Rubik emocional y cambiar la contraseña de nuestro candado mental.
Que puedan derribarnos, sí, pero que no sea tan fácil.


Así que no me queda otra opción. Es necesario hacer lo que voy a hacer. Hay que empezar a reconstruir lo roto y desechar tangentes que me llevan al mismo círculo vicioso. Hay que empezar a tomar perpendiculares que me alejen del punto de no retorno y me acerquen a una solución o a una salida.


"No one else can make feel the colours that you bring" se escucha por la habitación junto con los repitiqueos de las chispas de la chimenea. Minnie Riperton y su voz tan melódica.

Estoy de pie frente al ventanal, como viene siendo costumbre, mientras miro el tiempo, el aire, el presente. Creo que ya va siendo hora de cambiar el chip y de reprogramar las barreras de afectividad violadas.
Porque volaron. Volaron por los aires como la explosión de unos fuegos artificiales.
Porque ardieron. Ardieron como los troncos de leña seca sobre un fuego apabullante.
Porque cedieron. Cedieron como los eslabones de una cadena que no soportan más fuerza ejercida en direcciones opuestas.


Cogí el mando y subí un poco el volumen mientras se escuchaba a Coldplay cantar. "When I fall, I fall so far. I wanna fall, fall so high and call it magic, call it truth"


Por ultima vez, me dirigí a un mueble de la habitación. La cadencia de los pasos reverberaba en la habitación con fuerza. Allí estaba mi tesoro de tapas amaderadas y ajadas. Ese diario encerraba en esas páginas de celulosa más trasfondo emocional que muchos de los que estaban dentro descritos. Era la vasija donde volcaba mi corazón cada vez que se veía saturado, dolido o pleno.
Era un alter ego que aguardaba escondido en un cajón para no ser sobreexpuesto y que ya estaba acabando su ciclo.

Empezaban a percibirse las notas más agudas de un piano y la inconfundible voz grave de Nina Simone fluyó por todos lados. "
I put a spell on you..." y me eché a reir por lo bajo. Quizá los de ella funcionaban pero los míos se ve que son del Magia Borrás.

Me senté en la mecedora de la habitación de cara al ventanal, fui a la última hoja, la última que quedaba vacía, cogí el bolígrafo azul del lateral y empecé a dejar fluir la tinta por aquel amigo confidente por última vez.

"En el refugio de siempre: algún día de algún mes de 2016

Volvemos a encontrarnos donde siempre pero que dejará de ser siempre para ser un érase una vez. Otra vez con el café. Otra vez ese tímido sol que entra por el ventanal dándome un poco de calor. Otra vez aquí. Otra vez así.

Sabíamos que pasaría. Lo sabías tú, que eres tú por ser pedacitos de mí, y lo sabía yo, que soy yo por ser pedacitos de la zozobra del azar.

Sé que sabes. Sabes que sé que hay que ser muy estúpido o muy idealista para seguir pendiendo de un hilo tratando de ser un trapecista con tijeras en los pies. Cada paso que he dado en esa frágil línea ha afilado esa cuchilla que ha friccionado la cuerda. La ha deshilachado.
La última vez te escribí pidiendo un punto de inflexión y así ocurrió. Encogí los pies, se cortó la cuerda y caí aunque me agarré donde pude.

Ya está todo hecho. No es sano seguir cruzando un mar de inquietud sobre el apoyo de la inseguridad y no quiero seguir persiguiendo un tesoro tan esquivo. Un paso adelante y él da dos hacia atrás.

No puedo y ya sabes que pienso que poder no va ligado al querer. El impulso, el sentimiento, la intensidad, la duración comienzan y acaban en ti pero lo que lo hace posible el deseo, lo que lo lleva hasta su última consecuencia no nace de ti pero puede morir contigo.

Cuando una puerta se cierra, se abre una ventana, dicen por ahí. ¿Y si la ventana tiene echado el pestillo? ¿Y si la ventana está cerrada por fuera? Habrá que buscar otra salida y sabes que esta es la única que dignamente lo cumple.

Te deshojarás de mi y yo me deshojaré de todo lo que me une y me separa al mismo tiempo. No mereces llenar más tu transparencia de mis dedos llenos de miedo. No mereces que tu limpieza sea invadida por mis trazas de amargura.

Necesito huir, escapar, transformarme. Un giro donde nada cambie pero que me cambie entero antes de seguir perdiéndome. Ser un yo recolocado con unas nuevas piezas de puzzle porque estas están encajando solo a martillazos.

Que siga habiendo paz en mi desastre, que siga habiendo luz en mi celda. 

Acuérdate de mí. De lo que queda de mí. Hemos ido desgajando un alma que se ha vuelto quimera. A trozos roja, a trozos azul. En unos lados redonda, en unos lados afilada. En espacios continuos, en espacios con acantilados.

No ha habido puntos medios sino fuegos intensos. Buenos o malos, más malos que buenos. Queman, ennegrecen, fatigan, resquebrajan. ¿Qué más queda en esta desolación sin paliativo?

Quédate lo que queda de mí porque ya no me hace falta. No es un requisito para seguir respirando porque si lo fuera, ya me habría ahogado. 
Quédatelo. Aquí te lo dejo. Que termine de arder pero que no arda conmigo. Que no me haga sentirme más vivo porque sólo soy un fénix a medias. Me convertirá en ceniza y nada saldrá de ellas.

Tómalo. Aquí lo tienes. Nadie lo reclama, ni siquiera yo mismo. 
Por favor, no me odies. Sabes que no es mi culpa. Yo no dirijo las leyes universales. Las mentes que de recuerdos tienen huecos, de ausencias se mueren.

Quizá sea un error pero estoy volviendo al punto de no retorno. Será buscar lo imposible, será algo de lo que me privo.

Eso será mi bendición y mi castigo.

A."


Puse punto y final a la última historia y al diario. Antes de cerrar la tapa dejé la esencia de mi dentro de él. Ese era el final último de lo que le escribí.
Lo dejé sobre la mecedora y me dispuse a acabar lo que ya estaba empezado.

Cuando me puse en pie, visualicé la habitación. Alzando la vista fui consciente del vacío que yo mismo había provocado.

"Hasta aquí" fue la última frase que mi boca pronunció mientras cerraba la última caja de cartón.  Mi voz resonó con fuerza imponiéndose a la melodía de Years&Years que salía del altavoz. "
I was biting my tongue, I was trying to hide. I'll forget what I've done. I'll be redefined"

Qué curioso es ver como toda una vida puede ser empaquetada en tan poco. En tan poco espacio, en tal poco tiempo, en tan poco cuerpo.


Si yo ya me iba, ya era momento de dejar entrar otras cosas. Abrí las ventanas y las cortinas se movían y se ondulaban al son del viento de levante. 
Empecé a echar sábanas blancas sobre todo aquello. Sillones, mesas, lámparas. Hasta pararme en el espejo de pie. Me devolvía el reflejo de un yang inalcanzable que de pie observaba a un cuerpo por el yin consumido. Quizá, si algún día vuelvo para recuperar mi condición de humano, romper ese espejo me lleve a cruzar al otro lado. 
Y ese espejo recogió la imagen de un cuerpo que lo tapaba para evitar seguir ejerciendo su reflejo vacilante.

Cuando acabé de cerrarlo todo, me volví a asomar por el ventanal que daba al jardín. Tuve que sonreír porque aquella imagen fue la confirmación de que la decisión tomada era inexorablemente cierta. Ya no quedaban margaritas. Estaban todas deshojadas.

Y, por fin, mientras el fuego seguía ardiendo tomé el diario. Lo abracé fuerte porque todo lo que me hizo sentirme vivo estaba en esas hojas encuadernadas. Como ya le había tatuado en su celulosa, esto era un siempre que se transformaba en un nunca jamás sin redención. Y así fue.

Antes de arrepentirme, lo arrojé al fuego y vi como ardía mientras me dolía la garganta. Garfios, ganzúas, espinas y fuego se fundían en mi cuello. Eso era un momento que no sería posible de tragar.

Bajé las escaleras mientras sonaba la última canción en esa casa. Vanesa Martín sería la clausura de la última tragicomedia que actuaba en esos cuatro alegóricos pilares. "Pero no me tiembla el pulso si te veo. Y me imagino ya durmiendo sola porque no me duele este vacío que dejas en este amanecer de largas horas. Del amante amor, al amigo amor. Se me fue el amor, se me consumió."


Efectivamente. 


Salí enfrentándome de cara al frío y cerré la puerta. Todo dependía de cerrar esa puerta porque en el sótano de nuestro fracaso siempre puede haber un piso más.

Fui donde las margaritas hacían presencia de su ausencia, enterré la llave y me fui sin girar la cabeza.


Ese era un camino nuevo hacia ningún sitio, hacia ninguna parte. Cuando no sabes el rumbo que tomar siempre da igual el camino que quieras coger.

Eso sí, eché a andar.

Por la perpendicular del cuento de nunca jamás.


domingo, 10 de mayo de 2015

El cristal de la ventana

El cristal de la ventana ya dejaba pasar los tímidos reflejos que anunciaban la supremacía de la luz del Astro Rey sobre la oscuridad lunar.

Durante esos segundos previos, donde ya había dado la décima vuelta sobre la cama, decidí que ya habían fracasado lo suficiente esos vanos intentos de sumergirme en la onírica realidad. De hecho, nunca podría estar más despierto que en aquellos sueños, la verdad.

Ubicándome en el espacio-tiempo, despegué mi cuerpo de las sábanas. Mis pies colgaban desde lo alto, mirando la profundidad del suelo que había que comenzar a caminar, una mañana más. Descalzo y cuasi desnudo, me erguí y sentí ese suelo glacial que me ponía los pelos de punta y me hacía apretar los dientes. 

Guiado por unos ojos entreabiertos entre el cansancio y la desesperación, bajé esos endiablados escalones y cogí aquella cafetera. La preparé. Di lugar a un fuego azulado y me dispuse a apoyarme en la encimera mientras esperaba que el borboteo del café me sacara de aquella abstracción matutina.

Una serie infinita de sucesos me venían a la mente como una secuencia de proyector: El mar. El cine. Mi diario. Él. Mi soledad. El olor a café. El tacto de la fina arena. El cristal de la ventana. Dos manos entrelazadas. El susurro de la lluvia observado desde el refugio. Unos ojos avellanados. Aire libre. Olor a libro nuevo. El tacto del césped recién cortado. Cosquillas. Una guitarra. Mi voz acompañándola. Un beso intenso y tierno. Caminar sobre la arena húmeda y acogedora. Él. Escalofríos al sentir el tacto de la tierra recién llovida. Amanecer. Te quieros. Sonrisas recíprocas. Aromas intermedios entre salitre y almizcle. El olor a café...

Intenso olor a café y un borboteo ascendente. Al igual que todas mis mañanas, rompieron eficazmente mi evocación entremezclada de sucesos reales y deseados. Cogí una taza, volqué sobre ella el café tostado y enganché mi precioso y ajado diario de tapas amaderadas y duras.

Nombre en la portada y bolígrafo en el lateral. Todo estaba como siempre. Con la humeante taza en la izquierda y el diario en la derecha, subí la escalera de caracol y me dispuse hacia la terraza, que me llamaba entre los albores de la mañana.

En cuanto abrí ese ventanal, me sentí libre. La esencia a sal, la brisa matutina y las vistas hacia ese mar tan inmenso me hacían sentirme soberano en esa soledad tan abrumadora. Con todo eso, me puse mi manta sobre los hombros y abracé esa taza de café, que me darían la valentía para coger el bolígrafo y volcar el contenido de mi alma. 

Alma y cuerpo. Cuerpo y alma. Volcarme, para mitigar ese invierno perenne que está asentado en ella desde hace mucho tiempo. Escribir, para emitir un llanto ahogado que en silencio grita. Relatar, para dar sentido a es tiempo que no tengo y que, sin embargo, pierdo.

Mar en los ojos y con fuego en las manos, me dispuse a trazar las letras que darían sentido a esas frases que compondrían un nuevo capítulo de ese deslucido diario. Inspiré hondo, deslicé un sorbo de café por mi garganta, abrí la puerta de mi compañero de viaje y agarré con fuerza el bolígrafo.


"En el refugio del mar: 10 de mayo de 2015.

En este sitio estoy otra vez. La taza sigue con otro nuevo café. La mar sigue siendo igual de inspiradora. El silencio sigue siendo mi confidente. La soledad sigue siendo mi bálsamo. La manta sigue en mis hombros. Mis ojos siguen entumecidos por las lágrimas. La cama sigue deshecha solo por un lado. Y ese es el maldito problema... Todo sigue igual. Todo, menos yo. 

Ninguna persona se percata de que, para mí, todo sigue igual. Cada día que pasa, se abre más la grieta que alimenta mi hartazgo y mi autocastigo. Cada día que pasa, más bestia, menos humano.

Conforme el tiempo pasa, siento como me consumo y como alimento el fuego que acabará por quemarme mortalmente. Siento los momentos que se han vuelto en mi contra y que ahora me hacen daño. Siento la indiferencia, que es el mayor de los castigos. Siento esta dislexia sentimental, que me hace confundirme constantemente. Siento ira porque no lo entiendo. Siento que estoy harto. Harto de echar de menos.

Ahora, empiezo a echar de menos lo que un día eché de más. Empiezo a valorar el significado del magno sentimiento que vida me infunda y vida me quita. Empiezo a arañar las paredes de la habitación soledad porque me están exprimiendo el aliento, que a duras penas consigo captar.

Nadie me ve hacerlo. Nadie me ve como maldigo al destino en el borde de la desesperación. Nadie ve que te siento a pesar de no verte. Nadie entiende que, ahora realmente, sobrevivo por pura ansiedad. Que sobrevivo con un nudo en la garganta.

Tiemblo al girar la cabeza hacia la habitación. Ya he conseguido hacer muy mío ese síndrome de Estocolmo, aunque reconozco que el miedo a no verte me asusta y rellena cada espacio de mi ser de desazón y amargura. Ya soy capaz de imaginarme frente a tí, bebiendo aguas que juré que no volvería a beber. 

A menudo te imagino ahí parado, de pie y contemplando el suelo. ¡Mírame! Mírame, porque te juro que cuando miro esos ojos no puedo seguir reprimiendo el valor de lanzarme hacia tí. Mírame. Deja que ponga mis ojos y mis labios sobre los tuyos. Deja que pose mi palma en tu palma, entrelazando nuestros dedos. Es lo que nos queda... Nuestros dedos llenos de duda.

Susurras y suspiro. ¡Mírame, joder! Déjame despejar la incógnita en esta intricada ecuación donde soy esa "x" que tiende a no tener solución. Permíteme el derecho de la duda de poder enamorarme de tus defectos. Déjame enredar mis dedos entre tu ensortijado pelo. Cédeme la fuerza de tu vida para romper los muros que limitan la mía. Admíteme que puedo creer mis lágrimas han sembrado el precedente y que tú las has oído. Pero sólo mírame...

Sobre esa imagen proyectada por el intenso crisol de contrariedades, sufro. Sufro porque sabes que no puedo ser eterno con tu corazón de peaje. No puedo seguir pagando con mi ilusión para que tu abras las vedas de tu vida y de tu sentimiento. No puedo. Es apagar mi fuego echando más gasolina y sé que sólo tú eres mi ínfima posibilidad de salvación. Tú, el único agua que apaga mi miedo y mi angustia.

Ahora estoy escribiendo con una letra trémula que no va a ser capaz de dejarme inconcluso para decirte que creo que cada vez iré deshojando este diario de tí. 
Tú no sabes lo que quieres y yo estoy quemando mi propia vida. Estamos en un punto donde no hay nada que represente la vida que nos separa o nos une. Estoy tan cerca de tí que me siento a años luz de lo que piensas, de lo que sientes, de lo que dices. 

Pero, ¿sabes qué? Sólo espero que algún día entiendas que el amor también es precipitarse. Que seguiré usando los mensajes que, sin darte cuenta, entran y que sin darte cuenta, sientes. Que entiendas que nos falta el valor, dejar de lado esa sensatez que nos define y esperar a que, quizá algún día, la osadía llegue para que un simple abrazo pueda convertirse en algo más.

Como ves, vivo en un constante bucle que me sube y me baja. Que me hace alejarme y acercarme a tí. Que me hace ser bipolar contigo. Necesito que me saques de él. Pégame una patada o tiéndeme la mano, pero sácame de este bucle atorado de lapsus sentimentales y de daño sin mesura. Sácame de este bucle. Mi bucle de autodestrucción.

A."


Tras poner el punto y final, volví a girar la cabeza para situarme mirando de nuevo al mar. Ese mar que parece que ahora portaba en mis ojos y que sólo me dejaba visualizar borrones de colores, nada más. 
Una gota de ese agua salada de mar propio, resbalaba por mis mejillas.

Me levanté, me bebí los restos del café frío y me enjugué las lágrimas. Por aquel día, ya había hecho un uso del cilicio por encima de mis posibilidades. 

Recogí mi mustio diario de la mesa del balcón para guardarlo en el cajón del salón. Mi mustio diario de hojas amontonadas que relatan mis vivencias, mis deseos, mis sentimientos, mis frustraciones y mis lágrimas. ¿Cómo es posible que algo tan pequeño pueda encerrar algo tan grande?
Quizá por eso mismo no podía dejar mis paseos por los bajos mundos tan a la vista. Si ya soy vulnerable sin que nadie lo lea, delatarme de esa forma sería como ponerme un cartel en la frente que rezara: "Aséstame el toque de gracia".

Antes de seguir con lo usual de un día normal, miré el móvil. Supe que no habría ningún mensaje suyo. Quizá algún like en Facebook que me provocaba un vuelco en el corazón, como una colegiala en sus años más hormonales. Sin embargo, yo seguía viéndolo usualmente y con el mismo ritual: miraba, me decepcionaba, apagaba y volvía a mirar. ¿Obsesivo? ¿Dependiente? Es muy posible pero, con él, siempre me queda esa esperanza en la que un día me hable, inicie contacto, comencemos a hablar.

No obstante, ese estado pseudoevasivo se disipó cuando me dispuse a hacer la cama. Al igual que todos los días, me di cuenta que era más rápido hacerla porque había media que estaba intacta.

Aquella escena tan desoladora en el fondo también derrochaba esperanza. Su vacío era la esperanza de que alguien volviese a traer claridad, que entrara por el cristal de la ventana un rayo de luz que llenara la habitación y me hiciera sentir vivo.

Vivo, otra vez.




miércoles, 12 de noviembre de 2014

Y que siempre llueva.

Ya hace frío.

Mi cara se enfría cuando apoyo mi mejilla en el cristal de la ventana. Se forma una tímida escarcha que discurre sin principio ni final, desde el techo hacia el suelo, desde arriba hacia abajo... 

Miro a través de ese gélido cristal como la gente circula en su caótico devenir entre prisas y relojes, entre risas y gritos, entre luces y sombras. Los observo en silencio, mirando el todo y mirando la nada. En un punto fijo del paisaje se detiene mi mirada fundiéndose el resto en el paisaje circundante.

Tengo frío. Encojo mis brazos para alargar las mangas de mi jersey pero no me caliento. No sólo tengo frío en mi tez, sino frío en mi ser. Tengo frío grabado a fuego en la piel. Un frío que no se consuela con una manta a su alrededor que apacigüe su actitud. Podría pasar por un cadáver emocional si hubiera un termómetro sentimiental. Es un frío adherido en cada centímetro de mi piel y que se torna aún más helado cuando miro a la cama.

Ay, la cama... La cama donde ayer volví a hacerlo. Volví a sucumbir a mis oníricos deseos. Volví a soñarte y volví a sentirte. Como desde hace días, meses y años.

Enseguida. Temprano. Ayer, cuando me metí en la cama tuve el deseo irrefrenable de taparme hasta los ojos. Y así lo hice. Cerré los ojos e inspiré fuerte ese apático ambiente que flotaba disimuladamente sobre mi cabeza. Sin embargo, noté cómo te acostabas a mi lado. 

Noté como tus brazos rodeaban mi cuerpo. Noté tu cálida piel que calmaba la frialdad de la mía. Noté tu templada respiración en mi nuca y como me infundaba tranquilidad en cada espiración.

Aliviado, me giré para verte pero allí estabas con la cara tapada y sin dejar que averiguara tu identidad. Cuando mi mano se deslizaba sobre tus intrigantes facciones, tu puño se aferraba a mi muñeca impidiendo que cruzara esa veda. Intenté hablarte pero tus dedos se deslizaban por mi cara hasta mis labios pidiendo que callara... Intentos baldíos para descubrirte.

Me volví a girar y te seguiste aferrando a mí. Suspiré mientras la lluvia hacía acto de presencia cayendo lenta pero continuamente en la tierra. Eras tan extraño pero a la vez tan familiar, que me recorrió un escalofrío. Una descarga de cabeza a pies. En mi mente se sucedieron los momentos que viví contigo, todos en los que estuviste pululando en el ambiente. Uno tras otro como una película en diapositivas. Estando así, noté ese sentimiento. Ese que es como la sensación que uno tiene al caer desde las alturas, al tirarse a una piscina helada, al montarse en una montaña rusa, al recibir una piruleta en el cénit de la infancia.

Obnubilado y extasiado por aquel chorro de endorfinas, sentí que mi piel ya no estaba tan gélida. Desde hace tiempo, era capaz de transmitir calor y eso me hizo sentirme tan relajado... Me sentí liberado, me sentí querido. Me sentí vivo. 

Rocío en el cristal que perpetuo me miraba ante tal ficción. Llovía mucho. Me volví a girar pero el velo de tu cara ya no era completo. Al descubierto dejabas tus labios que me pedían apoyar mi cabeza en tu pecho. Asentí y así lo hice. Oía tu latir, sentía tu calor.

Aquella situación no era una más sino que era especial. Experimentaba ese sube y baja de emociones, esa rigidez en el cuello, esa sensación de tener el vello erizado, de tener la piel en guardia. Me cargaba de vida, me cargaba de ilusión, me cargaba de ansiedad y me cargaba de incertidumbre. Me cargaba de todo aquella pila emocional encarnada. 

Miraba furtivamente tu inexistente rostro y aquellos labios sólo me gritaban en el silencio de la situación. Con el suficiente descaro, esquivé tus potentes manos y me posé sobre ellos. Empezó a llover a cántaros. Esa vetusta sensación, que encerrada estaba desde hacía tanto tiempo, se liberó dejándome la mente en blanco ante tal extasiante afecto. Los míos se deslizaban sobre los tuyos mientras me abrazabas con fuerza, me estrujabas el alma, me exprimías el corazón. "En un beso sabrás todo lo que he callado", decía Neruda y, efectivamente, rienda suelta al alma libre. 

El ambiente se tornó de matices. De áspero y seco a suave y cálido. De miedo y duda a esperanza y confianza. De de protocolo y distancia a espontaneidad y cercanía. De indiferencia a... ¿a amor? ¿Me estaba enamorando?

Esperé a separarme de ti para armarme y desarmarte. Tu coraza cayó y con ella el velo de tu rostro. Con sorpresa, tu cara era un continuo que se parecía a todos y se parecía a nadie. Tu cara comenzó a transformarse de manera continua: Ojos redondos y almendrados. Castaños, verdes, azules y grises. Labios más grandes y más pequeños. Carnosos, finos, suaves y ásperos. Nariz más ancha y más estrecha. Chata, afilada, respingona y aguileña. Tu pelo más largo y más corto. Rizado, liso, ondulado y alborotado.

Durante ese tiempo me limité a visualizarte, a examinarte, a inspeccionarte. Deslizaba mi mano sobre tu pelo en constante permuta. Estando tú mi lado, tenía fuego grabado en una fría piel. 

Universal parecías, confianza transmitías. Haciendo gala de tu naturaleza, en un descuido y al contacto con mis dedos, te empezaste a esfumar. Desde entonces, todo volvió a tornarse negro. Y me volvía a ahogar allí solo. Y volvía a hacer mucho frío. Y no llovía. Nada.

Desperté de aquel sueño que se repetía día sí y día también. Me levanté de la cama, puse mis pies sobre el suelo de madera y volví a la misma ventana. Al mismo cristal que se llenaba de escarcha todas las mañanas. Al cristal donde iba a reflexionar y a pensar en lo que mi subconsciente me gritaba cada vez que caía en sus redes. ¿Qué es lo que tienes que vida me insuflas y pena me dejas?

Amor, desde luego. Amor con A mayúscula. Enamorado del amor. El amor que se esconde detrás de esas facciones. El amor que tengo la necesidad de expresar y de entregar. El amor retenido, el amor marchito.

Y así estoy ahora. Apoyado en la ventana donde pienso en ello. Ahora es de noche y el horizonte se sume en una oscuridad abrumadora. Sólo las luces combaten esa infinitud y dibujan un tenue trazo de la civilización. Mi mejilla ahora está mas fría. Mi corazón ahora está más frío porque ha recordado que estuvo caliente. Y mientras tanto, me acurruco en un rincón a observar pasar el tiempo y ver como llueve. Esa lluvia que es la forma de recordarte, de quererte.

Ven, que te pierdo.
Ven, que te olvido.
Ven, que me ahogas.

Ven, que me matas. 

(Y que siempre llueva.)


miércoles, 16 de julio de 2014

Ya no me queda.

Ya no me quedan palabras.
Ya no me quedan lágrimas.
Ya no me queda empuje.

Ha sido increíble, te lo juro. No sabes cuánto. Esta cuesta arriba cada vez está más vertical y yo no soy capaz de vencer más a esta gravedad tan insoportable.

Aun tengo tu última mirada grabada a fuego en mis retinas y en mi recuerdo. Tus ojos se iluminaron como un niño cuando abre sus regalos en Navidad. Me diste un abrazo y fue tan cálido... Siempre me miraste con admiración, con la misma con la que yo te vi nacer y la misma con la que compartimos nuestra infancia hasta que el destino te arrebató de mi vida. De mi vida y de la tuya...

Fue terrible cariño, te lo prometo. Sabía que aquella llamada de madrugada no encerraba nada bueno para los dos. Corriendo fui a tu vera, como corriendo habrías venido a la mía. Mi corazón se desbocó, se inundó, se dejó arrastrar por la angustia y por el miedo. Cuando creía que lo peor había pasado, me senté a llorar por la tensión y a verte entré haciendo un titánico esfuerzo por no gritar y por no hacer mi furia patente. Y todo fue por tí.

A verte entré. A besarte las manos, a acariciarte la cara, a darte ánimos, a creer que podía serte útil. A verte entré, para demostrarte que te quería. Dormido estabas como un ángel y con una tímida y leve sonrisa ante tal artificial paisaje. Y me fui para volver al día siguiente. A seguir en tu regazo, mirándote con los mismos ojos vidriosos que tu me brindabas y mientras te tocaba los mechones del pelo.

Pero el día siguiente fue tarde. Horas después, cruzaste la línea entre lo visible y lo invisible con el mismo rostro angelical. La noticia me impactó como una bala en un cristal. Como un puño en un espejo. Como una bofetada en la mejilla. Impactó tan duro como la muerte impacta en la vida. 

Me tuve que ir al entrar en la antesala de tu recuerdo. Me fui de allí porque mi vida estaba muerta en ese momento. 
Me fui porque me asfixiaba en aquel aire. 
Me fui para gritar y para derramar las lágrimas más amargas de toda mi existencia.
Me fui para tragar.
Me fui para recordar.
Me fui por no volver.

Pero toda ida tiene su vuelta. De una u otra forma, siempre se vuelve. Se vuelve a la tierra, se vuelve a la mente, se vuelve a casa, se vuelve a todo. A todo, menos al vivir.

A verte entré. A besarte las manos, a acariciarte la cara, a infundirte vida, a creer que podría ser omnipotente. A verte entré, para demostrarte que te quería aun más. Entre aquella tenue estampa, entre aquella tenue luz vislumbré a tu madre, desconsolada. Me miró, esbozó un mohín de dulzura y te susurró: "Ya está aquí. Ya está aquí". 

Vi a mi progenitora besarte los pies, tocarte, sentirte entre tu ya gélida piel. Tu madre se abrazaba a tu carne. Yo me abrazaba a mi llanto. El mismo llanto que me empujó a zarandearte, a gritarte, a suplicarte que no me dejaras, a arrodillarme ante tu cama... ¿Por qué, pequeño? ¿Por qué me has hecho esto? ¿Por qué me castigas así?

Ya no me queda alma.
Ya no me quedan fuerzas.
Ya no me queda futuro.

Desde entonces, aquella escena se grabó. Pero no en mi piel, sino en mi alma. Esa alma vapuleada, ensimismada y empequeñecida. Todo sucedió tan deprisa... De repente, la impotencia se adueñó de esa alma y me recorrió una descarga eléctrica hasta el más profundo recoveco de mi cuerpo. Sin embargo, no pude actuar y paralizado me dejaste. Desde entonces, hasta ahora.

Ahora solo puedo aferrarme a tu recuerdo y a mi sentimiento. 

Al recuerdo de tus hoyuelos al reír, de tu nobleza al actuar, de tu bondad al vivir, de tu llamada al verme, de tu salto al planificar nuestro futuro, de tus ojos avellana, de tu risa contagiosa, de tus ganas de vivir, de tu pasión por el deporte, de tu sonrojo innato, de nuestras risas por frases tontas, de crecer como hermanos, de hacerte feliz... Me ahogo en tu recuerdo.
Y a mi sentimiento de no haber podido ser tu "super primo", como tu me decías. De no haberte podido salvar de la garra oscura cuando tú más lo necesitabas. De echarte de menos hasta dolerme el cuerpo. De llorarte hasta desear morirme para estar contigo de nuevo.

Ahora todo se ha roto. Y ¿sabes?, contigo he aprehendido que hay cosas que no hace falta perder para saber todo el valor que encierran. Siempre has sido un valor único, un valor infinito. Has sido un motor en mi vida. Una razón de ser y de existir. Me has enseñado a querer más allá de lo imaginable y me has enseñado a ser tu firme protector y tu a ultranza defensor.

Ya no me queda aliento.
Ya no me quedan ganas de seguir luchando.
Ya no me quedan excusas para seguir llorandote.

Ha sido todo tan surrealista que hasta mi dolor me parece una obra de teatro. Una tragedia que no tiene bajada de telón ni fin del acto... No te imaginas como me culpo por tener que haber estado impasible ante la evidencia y haber tenido que estar en el otro lado, mirándote impotente ante mi ignorancia. Se me han quitado las ganas de ser lo que quería ser, ¿sabes? 

Sin embargo, no se me quitan las ganas de seguir enganchándome a lo poco que me dejas. Ya han sido varias veces desde entonces, pero ayer fui a llevarte tu gorra de los Bulls y tus gafas de sol. Junto a tu revista favorita y la foto de la familia, posé tus cosas. Golpeé el lugar donde yacías porque se me seguía haciendo impotente encontrarte así. Me fui mirando hacia atrás. Atrás por si volvías pero pobre iluso fui. Cuánto tiempo nos ha faltado, cariño, cuánto...

No sé que hacer con esto, rubio. Me dicen que por ti sea. Por ti he sido, soy y seré y eso es lo que no ven. Me dicen de todo... Ya sabes que hay dos cosas, entre otras tantas, por las que más gracias doy todos los días y son mi familia y mis amigos. De entre ellos, mi todoterreno amiga Asia decía una vez: "La vida no es perfecta. Ni mucho menos bonita. Pero al menos es lo suficientemente entretenida como para aguantar lo que sea." Pues, yo no se si puedo aguantar esto si no estás aquí para ayudarme. No sé como acostumbrarme a seguir cosiendo trocitos de alma si cada recuerdo tuyo me destroza lo avanzado. Contigo soy aquella hilandera griega que cose y descose, en un intento vano de darle tiempo al tiempo para que vuelva lo que más anhela.
También decía mi imprescindible amigo José Manuel que las experiencias negativas siempre tienen que transformarse en positivas porque donde está la desgracia siempre subyace una enseñanza.

Pero ya no me queda ánimo.
Ya no tengo consuelo.
Ya no sé que más hacer.

Para acabar mi desdichoso planto, tengo que nombrar a mi siempre acertado amigo Kike y su "Otoño de vida" (Blog de Kike):
"Paisajes de versos se me antojan al pensarte,
desordenados, embrutecidos, ansiosos por hablarte. 
Rienda suelta al alma libre 
que vuela sin querer 
hasta en tu lápida posarse 
para velar el descanso eterno 
que recibió tu injusto perecer.

La vida misma muerta yace 
no me deja respirar, 
pero mis recuerdos siguen vivos 
allá donde tú estás, 
observando nuestro amor que nace 
de la más pura bondad 
que demostrarte antes de irte 
para no volver jamás."

Ya no me queda vida. Me quedo con la colosal huella que has dejado en todos a los que nos han bendecido con disfrutarte durante esta fugaz vida... Ya no me queda nada, Leonardo. 

Los ángeles han ganado un nuevo socio. Yo, he perdido el rumbo.

Por ti, siempre. Tú, para siempre.

"Debes saber, que quién nos quiere no nos abandona jamás" ~ A. Dumbledore



domingo, 20 de abril de 2014

(Des)Esperanza.


De noche. La noticia me impactó en la cara como el resorte de una caja de música y para entonces, ya era tarde. Un frío estremecedor me subía desde los pies hasta la cara, recorriendo cada recoveco de mi cuerpo, cada rincón, cada espacio. Agaché la cabeza una vez más y el mundo de alrededor se apagó. Enmudeció como el que pulsa el 'mute' frente a la tele. La primavera se tornó invierno y la realidad se dio de bruces contra mi consciencia.

Cambié la dirección y puse rumbo a casa. Estar fuera me producía asco, rabia, ira y una sensación de constante hipocresía y engaño encubierto de ciega inocencia. Como siempre, volví a anotar un nombre en la lista mental de las las partidas jugadas y perdidas. Me avergoncé. Me avergoncé tanto que me di a mí mismo una repulsión inabarcable. Me embriagué de esa sensación de ahogo donde el propio oxígeno me asfixiaba y donde las lágrimas me impulsaban a seguir el compás preestablecido de un pie tras el otro.

Llegué a casa. Me ahogaba. Me descalcé deprisa y me desvestí para ponerme cómodo. Me seguía ahogando. Subí a la terraza y abrí la puerta. En el momento en el que mi pie puso su huella sobre aquel pedregoso suelo, sabía que aquella visita no sería para disfrutar de la tibia luz de la Luna. Inhalé aire pero continuaba asfixiándome... aquel nudo en la garganta se apretó hasta límites insospechados. Me senté y sentí el frío de la piedra que, enteramente, soporta las adversidades del tiempo. Y lloré. Y grité. Y no me importó que la ciudad entera abriera el ojo. Y volví a llorar cogiendo todo el aire que mis pulmones admitían... El nudo se deshizo y se deslizó sobre las yemas de mis dedos. El frío dejo albergar algo de calor y, por primera vez, me convertí en una congelante llama. En un hielo abrasador.

Miré a mi alrededor y decidí bajar. Al llegar a mi habitación me choqué contra la cama.¡Maldita sea! El fuego volvió a imponerse y la rabia me poseyó por completo. Una patada a la cama, un puñetazo al escritorio, las hojas por el aire, las fotos acobardadas y esparcidas por el suelo... Exhausto caí de bruces contra el suelo y vi el espejo. Levanté la mirada y tuve compasión de mí mismo. Un sólo pensamiento se repetía como un 'revival': ¿Por qué?

Ya está. La línea roja se había violado una vez más. El cristal no soportó ni más peso ni más golpes. Fue la gota que colmó el vaso. No obstante, a pesar de mi intento baladí de autoconvencimiento, el vaso ya estaba colmado hace mucho tiempo. Y la mesa mojada, y el suelo empapado y mi vida chorreando. ¡Puto masoca, joder!

Me tumbé sobre la cama, encendí la lámpara y recordé una cita del reciente fallecido y maestro Gabo: "Ningún lugar en la vida es más triste que una cama vacía". Mi perra saltó al lecho y se acurrucó a mi lado mientras me observaba con una mirada que removería el estómago de una estatua de piedra. A su lado, miré al techo, me quise no sentir tan anormal, no arder en mi interior por la rabia. Pensé en las sonrisas regaladas, la ilusión desfigurada, la presión en el pecho, el calor desprendido, los recuerdos que afloran y la imposibilidad de poder avanzar...

Y recordé... Una vez, me dijeron que, a veces, la soledad otorga respuestas, pero realmente tengo tanto miedo a estar solo y sentir que me he equivocado... Sólo tengo la solución a muchas preguntas no formuladas, a muchas palabras que no se dijeron, a muchos verbos que no se articularon y a muchas situaciones que jamás tuvieron espacio ni tiempo.

Te lo supliqué. Me pediste una vez más que creyera en tí. Así lo hice y a tí me aferré como el más ferviente seguidor. Te pedí explicaciones y me abofeteaste por semejante osadía. Volví a someterme a tus devenires creyendo que el esfuerzo tendría recompensa. Me ilusionaste infinitas veces y me decepcionaste infinitas veces más. Allí, frente a mí te colocaste. Te miré y me miraste. Me pediste paciencia y te pregunté el porqué. Insististe en darle tiempo al tiempo y me obnubilabas con tus palabras de consuelo, como si de ambrosía se tratara. Yo ya estaba cansado y aun así, realicé un titánico esfuerzo y saqué más fuerza. Seguí sonriendo aún estando destrozado, seguí vendiendo consejos cuando ni para mí tenía, seguí ofreciendo ayuda altruistamente a pesar de gritar socorro, seguí fingiendo que nada ocurría para darte tiempo, seguí mostrando serenidad a expensas de entrar en una continua combustión espontánea y seguí observando como yo era la excepción que cumplía la regla mientras urdías tus enrevesados entresijos que me prometían completitud. Me vendiste que eras "lo último que se pierde" y creí en tu moralidad. Tras largo tiempo, v
olví a preguntarte el porqué y sonreíste. "La miel no está hecha para la boca del asno", me contestaste. ¡Que ciego me has tenido, maldita seas!

Me volviste a traicionar y volviste a reirte en mi cara. Pero ahora, todo ha cambiado y soy yo el que cojo las riendas de tu fortuna. Te juré eterna devoción y hoy juro profesarte perpetuo odio. Contigo me he transfigurado en las tres Moiras: te dí un nacimiento, te di continuidad en el tiempo y ahora, soy tu guillotina. Aquella noche, te desterré para siempre al lugar del que nunca tuviste que salir.

Esa noche, te forcé a entrar en mi bucle de autodestrucción. Volviste a mi Caja de Pandora.

Esa noche, como cualquier otra noche, te enterré estando tú en el interior de la caja. Desesperanzado y con el alma atenuada, te enterré con la esperanza de que no salieras jamás a sabiendas de que una parte de mí se sacrificaba contigo. Sí, con la esperanza. Irónico, ¿verdad?

Esa noche, te abandoné, me alejé de tí, dejaste de ejercer tu efecto y te fuiste.

Pero esta vez fue para siempre.




lunes, 26 de agosto de 2013

Escapar y renacer.

Quiero poder salir de esta cárcel de rutina y atadura.
Quiero poder sentir como cada eslabón de las cadenas en mi piel se hunde. Sentir como ceden ante la fuerza. Sentir como mi cuerpo cae al inerte suelo. Sentir como se cercena la espina, el polvo y la herida.
Quiero poder llegar a oler el húmedo suelo y tan conocido que recoge mis pies cada día, cada hora, cada minuto y cada segundo.
Quiero poder usar esas alas; que, atrofiadas, intentaron aletear más de una vez y esa fuerza que nunca tuve para dejar en ruina los muros que, nunca mejor dicho, me pusieron entre la espada y la pared.

Y escapar... Escapar fugazmente, escapar en un suspiro, escapar en una lágrima, escapar en un parpadeo... Escapar en una vida. Y una muerte.

Escapar, de modo que seguir adelante sea menos doloroso que intentar pisar la senda que dejamos atrás.

Escapar de tal modo que sentir el suelo bajo mis pies me eleve por encima del infinito. 
Mirar tanto al Sol que pueda transfigurarme en Luna. 
Escapar de tal modo que grite de alegría, de rabia y de placer. 
Que llore tan profundo que cada lágrima encierre de manera homogénea: amargura, pena, orgullo, felicidad, Amor y desamor. 
Que el cielo sólo sea el suelo. 
Que el agua fría fluya por mis dedos y mi cuerpo haciéndome inhalar oxígeno más deprisa. 
Que saltar al vacío me haga sentir el más insignificante del mundo. 
Que el viento impacte en mi cara con tan ímpetu que me obligue a caminar al revés.
Dejarse guiar por los instintos, las corazonadas y las voces y llantos que algún día inundaron el viento.
Que pueda fusionarme en la noche que baña el mar, en la arena que enfría mis pies. En esa noche que me regala su brisa y su oscuridad y en ese mar, que me lega su tranquilidad y su tempestad.

Que me asome por la ventanilla delantera de un coche con la cabeza por fuera, mientras ramas y flores, viento e historia acarician mi tez y se emborronan en la inmensidad.
Que me vea obligado a enfrentarme a mi némesis interior para ascender un escalón más.
Que una canción revele la toda pasión y rabia poética que encierra y que un saxofón, un piano y una guitarra rujan al unísono haciéndome entrar en una sinestesia sin paragón.
Que alguien me coja de los hombros, me empuje hacia una pared y me bese de tal manera que esa unión física desbloquee hasta el más recóndido rincón de mi ser que quedó encerrado bajo mil cerrojos. 
Que todas las notas ocres que quedaron en el frigorífico estampadas bajo un imán, que todas las fotos que estuvieron encerradas bajo un plástico, que todas las historias que se sellaron con una carta, vuelen hasta más allá del horizonte... Que vuelen más allá de donde nunca podré pisar.
Que un dedo deslizándose desde mis labios hasta mi ombligo me haga vibrar de placer y arder de lujuria.
Que una risa se abra paso entre el los mundanales ruidos y sea una pequeña luz. Una pequeña luz, tan pequeña, que ni toda la infinita oscuridad pueda eclipsarla.

Y escapar de todas esas formas. Y de incontables formas más, ¡maldita sea!.

Y correr. Correr tan rápido que el tiempo se detenga. Correr tan intensamente que el universo se abra a mis pies. Correr tan fuerte que deje huella hasta en la misma piedra. Correr de una forma tan tenaz que ni mis limitaciones fisiológicas restrinjan mi ímpetu.

Y desfallecer en un instante. Caer en el suelo para saber que alguna vez he estado de pie. Mirar el cielo y comprender que el universo cambia, se desvirtúa, se retuerce en sí mismo para dejar de ser y volver a ser de nuevo, para morir y nacer, para destruirse y construirse, para romperse y ser explorado de mil formas intrincadas. Ahora; ese universo, ese cielo y esos astros que bañan el iris de mis ojos, son un laberinto diferente, un reto diferente, un sitio mío y a la vez de los demás. Un lugar donde entrar y morir, perderse para encontrarse de nuevo al amanecer.

Y así, al fin, que el cielo se parta en dos ante nuestras cabezas. Cerrar los ojos y apagar la luz del universo, fundirse con la colosal tenebrosidad y dejar de ser para quizás, volver a ser. ¿Volver a ser en otra cárcel de rutina y atadura? Quién sabe...

Pero sólo ahí, sólo en ese instante es cuando se aprecia la voluptuosidad, la belleza, la importancia y la fugacidad de un segundo.

Sí, de un segundo. Porque a fin de cuentas para escapar no nos hace falta más. Porque un segundo más, siempre es un segundo menos...