Ya hace frío. Mi cara se enfría cuando apoyo mi mejilla en el cristal de la ventana. Se forma una tímida escarcha que discurre sin principio ni final, desde el techo hacia el suelo, desde arriba hacia abajo... Miro a través de ese gélido cristal como la gente circula en su caótico devenir entre prisas y relojes, entre risas y gritos, entre luces y sombras. Los observo en silencio, mirando el todo y mirando la nada. En un punto fijo del paisaje se detiene mi mirada fundiéndose el resto en el paisaje circundante. Tengo frío. Encojo mis brazos para alargar las mangas de mi jersey pero no me caliento. No sólo tengo frío en mi tez, sino frío en mi ser. Tengo frío grabado a fuego en la piel. Un frío que no se consuela con una manta a su alrededor que apacigüe su actitud. Podría pasar por un cadáver emocional si hubiera un termómetro sentimiental. Es un frío adherido en cada centímetro de mi piel y que se torna aún más helado cuando miro a la cama. Ay, la cama... La cama donde ayer volví a hacerlo. Volví a sucumbir a mis oníricos deseos. Volví a soñarte y volví a sentirte. Como desde hace días, meses y años. Enseguida. Temprano. Ayer, cuando me metí en la cama tuve el deseo irrefrenable de taparme hasta los ojos. Y así lo hice. Cerré los ojos e inspiré fuerte ese apático ambiente que flotaba disimuladamente sobre mi cabeza. Sin embargo, noté cómo te acostabas a mi lado. Noté como tus brazos rodeaban mi cuerpo. Noté tu cálida piel que calmaba la frialdad de la mía. Noté tu templada respiración en mi nuca y como me infundaba tranquilidad en cada espiración. Aliviado, me giré para verte pero allí estabas con la cara tapada y sin dejar que averiguara tu identidad. Cuando mi mano se deslizaba sobre tus intrigantes facciones, tu puño se aferraba a mi muñeca impidiendo que cruzara esa veda. Intenté hablarte pero tus dedos se deslizaban por mi cara hasta mis labios pidiendo que callara... Intentos baldíos para descubrirte. Me volví a girar y te seguiste aferrando a mí. Suspiré mientras la lluvia hacía acto de presencia cayendo lenta pero continuamente en la tierra. Eras tan extraño pero a la vez tan familiar, que me recorrió un escalofrío. Una descarga de cabeza a pies. En mi mente se sucedieron los momentos que viví contigo, todos en los que estuviste pululando en el ambiente. Uno tras otro como una película en diapositivas. Estando así, noté ese sentimiento. Ese que es como la sensación que uno tiene al caer desde las alturas, al tirarse a una piscina helada, al montarse en una montaña rusa, al recibir una piruleta en el cénit de la infancia. Obnubilado y extasiado por aquel chorro de endorfinas, sentí que mi piel ya no estaba tan gélida. Desde hace tiempo, era capaz de transmitir calor y eso me hizo sentirme tan relajado... Me sentí liberado, me sentí querido. Me sentí vivo. Rocío en el cristal que perpetuo me miraba ante tal ficción. Llovía mucho. Me volví a girar pero el velo de tu cara ya no era completo. Al descubierto dejabas tus labios que me pedían apoyar mi cabeza en tu pecho. Asentí y así lo hice. Oía tu latir, sentía tu calor. Aquella situación no era una más sino que era especial. Experimentaba ese sube y baja de emociones, esa rigidez en el cuello, esa sensación de tener el vello erizado, de tener la piel en guardia. Me cargaba de vida, me cargaba de ilusión, me cargaba de ansiedad y me cargaba de incertidumbre. Me cargaba de todo aquella pila emocional encarnada. Miraba furtivamente tu inexistente rostro y aquellos labios sólo me gritaban en el silencio de la situación. Con el suficiente descaro, esquivé tus potentes manos y me posé sobre ellos. Empezó a llover a cántaros. Esa vetusta sensación, que encerrada estaba desde hacía tanto tiempo, se liberó dejándome la mente en blanco ante tal extasiante afecto. Los míos se deslizaban sobre los tuyos mientras me abrazabas con fuerza, me estrujabas el alma, me exprimías el corazón. "En un beso sabrás todo lo que he callado", decía Neruda y, efectivamente, rienda suelta al alma libre. El ambiente se tornó de matices. De áspero y seco a suave y cálido. De miedo y duda a esperanza y confianza. De de protocolo y distancia a espontaneidad y cercanía. De indiferencia a... ¿a amor? ¿Me estaba enamorando? Esperé a separarme de ti para armarme y desarmarte. Tu coraza cayó y con ella el velo de tu rostro. Con sorpresa, tu cara era un continuo que se parecía a todos y se parecía a nadie. Tu cara comenzó a transformarse de manera continua: Ojos redondos y almendrados. Castaños, verdes, azules y grises. Labios más grandes y más pequeños. Carnosos, finos, suaves y ásperos. Nariz más ancha y más estrecha. Chata, afilada, respingona y aguileña. Tu pelo más largo y más corto. Rizado, liso, ondulado y alborotado. Durante ese tiempo me limité a visualizarte, a examinarte, a inspeccionarte. Deslizaba mi mano sobre tu pelo en constante permuta. Estando tú mi lado, tenía fuego grabado en una fría piel. Universal parecías, confianza transmitías. Haciendo gala de tu naturaleza, en un descuido y al contacto con mis dedos, te empezaste a esfumar. Desde entonces, todo volvió a tornarse negro. Y me volvía a ahogar allí solo. Y volvía a hacer mucho frío. Y no llovía. Nada. Desperté de aquel sueño que se repetía día sí y día también. Me levanté de la cama, puse mis pies sobre el suelo de madera y volví a la misma ventana. Al mismo cristal que se llenaba de escarcha todas las mañanas. Al cristal donde iba a reflexionar y a pensar en lo que mi subconsciente me gritaba cada vez que caía en sus redes. ¿Qué es lo que tienes que vida me insuflas y pena me dejas? Amor, desde luego. Amor con A mayúscula. Enamorado del amor. El amor que se esconde detrás de esas facciones. El amor que tengo la necesidad de expresar y de entregar. El amor retenido, el amor marchito. Y así estoy ahora. Apoyado en la ventana donde pienso en ello. Ahora es de noche y el horizonte se sume en una oscuridad abrumadora. Sólo las luces combaten esa infinitud y dibujan un tenue trazo de la civilización. Mi mejilla ahora está mas fría. Mi corazón ahora está más frío porque ha recordado que estuvo caliente. Y mientras tanto, me acurruco en un rincón a observar pasar el tiempo y ver como llueve. Esa lluvia que es la forma de recordarte, de quererte. Ven, que te pierdo. Ven, que te olvido. Ven, que me ahogas. Ven, que me matas. (Y que siempre llueva.)
Ya no me quedan palabras. Ya no me quedan lágrimas. Ya no me queda empuje. Ha sido increíble, te lo juro. No sabes cuánto. Esta cuesta arriba cada vez está más vertical y yo no soy capaz de vencer más a esta gravedad tan insoportable. Aun tengo tu última mirada grabada a fuego en mis retinas y en mi recuerdo. Tus ojos se iluminaron como un niño cuando abre sus regalos en Navidad. Me diste un abrazo y fue tan cálido... Siempre me miraste con admiración, con la misma con la que yo te vi nacer y la misma con la que compartimos nuestra infancia hasta que el destino te arrebató de mi vida. De mi vida y de la tuya... Fue terrible cariño, te lo prometo. Sabía que aquella llamada de madrugada no encerraba nada bueno para los dos. Corriendo fui a tu vera, como corriendo habrías venido a la mía. Mi corazón se desbocó, se inundó, se dejó arrastrar por la angustia y por el miedo. Cuando creía que lo peor había pasado, me senté a llorar por la tensión y a verte entré haciendo un titánico esfuerzo por no gritar y por no hacer mi furia patente. Y todo fue por tí. A verte entré. A besarte las manos, a acariciarte la cara, a darte ánimos, a creer que podía serte útil. A verte entré, para demostrarte que te quería. Dormido estabas como un ángel y con una tímida y leve sonrisa ante tal artificial paisaje. Y me fui para volver al día siguiente. A seguir en tu regazo, mirándote con los mismos ojos vidriosos que tu me brindabas y mientras te tocaba los mechones del pelo. Pero el día siguiente fue tarde. Horas después, cruzaste la línea entre lo visible y lo invisible con el mismo rostro angelical. La noticia me impactó como una bala en un cristal. Como un puño en un espejo. Como una bofetada en la mejilla. Impactó tan duro como la muerte impacta en la vida. Me tuve que ir al entrar en la antesala de tu recuerdo. Me fui de allí porque mi vida estaba muerta en ese momento. Me fui porque me asfixiaba en aquel aire. Me fui para gritar y para derramar las lágrimas más amargas de toda mi existencia. Me fui para tragar. Me fui para recordar. Me fui por no volver. Pero toda ida tiene su vuelta. De una u otra forma, siempre se vuelve. Se vuelve a la tierra, se vuelve a la mente, se vuelve a casa, se vuelve a todo. A todo, menos al vivir. A verte entré. A besarte las manos, a acariciarte la cara, a infundirte vida, a creer que podría ser omnipotente. A verte entré, para demostrarte que te quería aun más. Entre aquella tenue estampa, entre aquella tenue luz vislumbré a tu madre, desconsolada. Me miró, esbozó un mohín de dulzura y te susurró: "Ya está aquí. Ya está aquí". Vi a mi progenitora besarte los pies, tocarte, sentirte entre tu ya gélida piel. Tu madre se abrazaba a tu carne. Yo me abrazaba a mi llanto. El mismo llanto que me empujó a zarandearte, a gritarte, a suplicarte que no me dejaras, a arrodillarme ante tu cama... ¿Por qué, pequeño? ¿Por qué me has hecho esto? ¿Por qué me castigas así? Ya no me queda alma. Ya no me quedan fuerzas. Ya no me queda futuro. Desde entonces, aquella escena se grabó. Pero no en mi piel, sino en mi alma. Esa alma vapuleada, ensimismada y empequeñecida. Todo sucedió tan deprisa... De repente, la impotencia se adueñó de esa alma y me recorrió una descarga eléctrica hasta el más profundo recoveco de mi cuerpo. Sin embargo, no pude actuar y paralizado me dejaste. Desde entonces, hasta ahora. Ahora solo puedo aferrarme a tu recuerdo y a mi sentimiento. Al recuerdo de tus hoyuelos al reír, de tu nobleza al actuar, de tu bondad al vivir, de tu llamada al verme, de tu salto al planificar nuestro futuro, de tus ojos avellana, de tu risa contagiosa, de tus ganas de vivir, de tu pasión por el deporte, de tu sonrojo innato, de nuestras risas por frases tontas, de crecer como hermanos, de hacerte feliz... Me ahogo en tu recuerdo. Y a mi sentimiento de no haber podido ser tu "super primo", como tu me decías. De no haberte podido salvar de la garra oscura cuando tú más lo necesitabas. De echarte de menos hasta dolerme el cuerpo. De llorarte hasta desear morirme para estar contigo de nuevo. Ahora todo se ha roto. Y ¿sabes?, contigo he aprehendido que hay cosas que no hace falta perder para saber todo el valor que encierran. Siempre has sido un valor único, un valor infinito. Has sido un motor en mi vida. Una razón de ser y de existir. Me has enseñado a querer más allá de lo imaginable y me has enseñado a ser tu firme protector y tu a ultranza defensor. Ya no me queda aliento. Ya no me quedan ganas de seguir luchando. Ya no me quedan excusas para seguir llorandote. Ha sido todo tan surrealista que hasta mi dolor me parece una obra de teatro. Una tragedia que no tiene bajada de telón ni fin del acto... No te imaginas como me culpo por tener que haber estado impasible ante la evidencia y haber tenido que estar en el otro lado, mirándote impotente ante mi ignorancia. Se me han quitado las ganas de ser lo que quería ser, ¿sabes? Sin embargo, no se me quitan las ganas de seguir enganchándome a lo poco que me dejas. Ya han sido varias veces desde entonces, pero ayer fui a llevarte tu gorra de los Bulls y tus gafas de sol. Junto a tu revista favorita y la foto de la familia, posé tus cosas. Golpeé el lugar donde yacías porque se me seguía haciendo impotente encontrarte así. Me fui mirando hacia atrás. Atrás por si volvías pero pobre iluso fui. Cuánto tiempo nos ha faltado, cariño, cuánto... No sé que hacer con esto, rubio. Me dicen que por ti sea. Por ti he sido, soy y seré y eso es lo que no ven. Me dicen de todo... Ya sabes que hay dos cosas, entre otras tantas, por las que más gracias doy todos los días y son mi familia y mis amigos. De entre ellos, mi todoterreno amiga Asia decía una vez: "La vida no es perfecta. Ni mucho menos bonita. Pero al menos es lo suficientemente entretenida como para aguantar lo que sea." Pues, yo no se si puedo aguantar esto si no estás aquí para ayudarme. No sé como acostumbrarme a seguir cosiendo trocitos de alma si cada recuerdo tuyo me destroza lo avanzado. Contigo soy aquella hilandera griega que cose y descose, en un intento vano de darle tiempo al tiempo para que vuelva lo que más anhela. También decía mi imprescindible amigo José Manuel que las experiencias negativas siempre tienen que transformarse en positivas porque donde está la desgracia siempre subyace una enseñanza. Pero ya no me queda ánimo. Ya no tengo consuelo. Ya no sé que más hacer.
Para acabar mi desdichoso planto, tengo que nombrar a mi siempre acertado amigo Kike y su "Otoño de vida" (Blog de Kike):
"Paisajes de versos se me antojan al pensarte,
desordenados, embrutecidos, ansiosos por hablarte.
Rienda suelta al alma libre
que vuela sin querer
hasta en tu lápida posarse
para velar el descanso eterno
que recibió tu injusto perecer.
La vida misma muerta yace
no me deja respirar,
pero mis recuerdos siguen vivos
allá donde tú estás,
observando nuestro amor que nace
de la más pura bondad
que demostrarte antes de irte
para no volver jamás."
Ya no me queda vida. Me quedo con la colosal huella que has dejado en todos a los que nos han bendecido con disfrutarte durante esta fugaz vida... Ya no me queda nada, Leonardo. Los ángeles han ganado un nuevo socio. Yo, he perdido el rumbo. Por ti, siempre. Tú, para siempre. "Debes saber, que quién nos quiere no nos abandona jamás" ~ A. Dumbledore
De noche. La noticia me impactó en la cara como el resorte de una caja de música y para entonces, ya era tarde. Un frío estremecedor me subía desde los pies hasta la cara, recorriendo cada recoveco de mi cuerpo, cada rincón, cada espacio. Agaché la cabeza una vez más y el mundo de alrededor se apagó. Enmudeció como el que pulsa el 'mute' frente a la tele. La primavera se tornó invierno y la realidad se dio de bruces contra mi consciencia.
Cambié la dirección y puse rumbo a casa. Estar fuera me producía asco, rabia, ira y una sensación de constante hipocresía y engaño encubierto de ciega inocencia. Como siempre, volví a anotar un nombre en la lista mental de las las partidas jugadas y perdidas. Me avergoncé. Me avergoncé tanto que me di a mí mismo una repulsión inabarcable. Me embriagué de esa sensación de ahogo donde el propio oxígeno me asfixiaba y donde las lágrimas me impulsaban a seguir el compás preestablecido de un pie tras el otro.
Llegué a casa. Me ahogaba. Me descalcé deprisa y me desvestí para ponerme cómodo. Me seguía ahogando. Subí a la terraza y abrí la puerta. En el momento en el que mi pie puso su huella sobre aquel pedregoso suelo, sabía que aquella visita no sería para disfrutar de la tibia luz de la Luna. Inhalé aire pero continuaba asfixiándome... aquel nudo en la garganta se apretó hasta límites insospechados. Me senté y sentí el frío de la piedra que, enteramente, soporta las adversidades del tiempo. Y lloré. Y grité. Y no me importó que la ciudad entera abriera el ojo. Y volví a llorar cogiendo todo el aire que mis pulmones admitían... El nudo se deshizo y se deslizó sobre las yemas de mis dedos. El frío dejo albergar algo de calor y, por primera vez, me convertí en una congelante llama. En un hielo abrasador.
Miré a mi alrededor y decidí bajar. Al llegar a mi habitación me choqué contra la cama.¡Maldita sea! El fuego volvió a imponerse y la rabia me poseyó por completo. Una patada a la cama, un puñetazo al escritorio, las hojas por el aire, las fotos acobardadas y esparcidas por el suelo... Exhausto caí de bruces contra el suelo y vi el espejo. Levanté la mirada y tuve compasión de mí mismo. Un sólo pensamiento se repetía como un 'revival': ¿Por qué?
Ya está. La línea roja se había violado una vez más. El cristal no soportó ni más peso ni más golpes. Fue la gota que colmó el vaso. No obstante, a pesar de mi intento baladí de autoconvencimiento, el vaso ya estaba colmado hace mucho tiempo. Y la mesa mojada, y el suelo empapado y mi vida chorreando. ¡Puto masoca, joder!
Me tumbé sobre la cama, encendí la lámpara y recordé una cita del reciente fallecido y maestro Gabo: "Ningún lugar en la vida es más triste que una cama vacía". Mi perra saltó al lecho y se acurrucó a mi lado mientras me observaba con una mirada que removería el estómago de una estatua de piedra. A su lado, miré al techo, me quise no sentir tan anormal, no arder en mi interior por la rabia. Pensé en las sonrisas regaladas, la ilusión desfigurada, la presión en el pecho, el calor desprendido, los recuerdos que afloran y la imposibilidad de poder avanzar...
Y recordé... Una vez, me dijeron que, a veces, la soledad otorga respuestas, pero realmente tengo tanto miedo a estar solo y sentir que me he equivocado... Sólo tengo la solución a muchas preguntas no formuladas, a muchas palabras que no se dijeron, a muchos verbos que no se articularon y a muchas situaciones que jamás tuvieron espacio ni tiempo.
Te lo supliqué. Me pediste una vez más que creyera en tí. Así lo hice y a tí me aferré como el más ferviente seguidor. Te pedí explicaciones y me abofeteaste por semejante osadía. Volví a someterme a tus devenires creyendo que el esfuerzo tendría recompensa. Me ilusionaste infinitas veces y me decepcionaste infinitas veces más. Allí, frente a mí te colocaste. Te miré y me miraste. Me pediste paciencia y te pregunté el porqué. Insististe en darle tiempo al tiempo y me obnubilabas con tus palabras de consuelo, como si de ambrosía se tratara. Yo ya estaba cansado y aun así, realicé un titánico esfuerzo y saqué más fuerza. Seguí sonriendo aún estando destrozado, seguí vendiendo consejos cuando ni para mí tenía, seguí ofreciendo ayuda altruistamente a pesar de gritar socorro, seguí fingiendo que nada ocurría para darte tiempo, seguí mostrando serenidad a expensas de entrar en una continua combustión espontánea y seguí observando como yo era la excepción que cumplía la regla mientras urdías tus enrevesados entresijos que me prometían completitud. Me vendiste que eras "lo último que se pierde" y creí en tu moralidad. Tras largo tiempo, volví a preguntarte el porqué y sonreíste. "La miel no está hecha para la boca del asno", me contestaste. ¡Que ciego me has tenido, maldita seas! Me volviste a traicionar y volviste a reirte en mi cara. Pero ahora, todo ha cambiado y soy yo el que cojo las riendas de tu fortuna. Te juré eterna devoción y hoy juro profesarte perpetuo odio. Contigo me he transfigurado en las tres Moiras: te dí un nacimiento, te di continuidad en el tiempo y ahora, soy tu guillotina. Aquella noche, te desterré para siempre al lugar del que nunca tuviste que salir.
Esa noche, te forcé a entrar en mi bucle de autodestrucción. Volviste a mi Caja de Pandora.
Esa noche, como cualquier otra noche, te enterré estando tú en el interior de la caja. Desesperanzado y con el alma atenuada, te enterré con la esperanza de que no salieras jamás a sabiendas de que una parte de mí se sacrificaba contigo. Sí, con la esperanza. Irónico, ¿verdad?
Esa noche, te abandoné, me alejé de tí, dejaste de ejercer tu efecto y te fuiste.