Quiero poder sentir como cada eslabón de las cadenas en mi piel se hunde. Sentir como ceden ante la fuerza. Sentir como mi cuerpo cae al inerte suelo. Sentir como se cercena la espina, el polvo y la herida.
Quiero poder llegar a oler el húmedo suelo y tan conocido que recoge mis pies cada día, cada hora, cada minuto y cada segundo.
Quiero poder usar esas alas; que, atrofiadas, intentaron aletear más de una vez y esa fuerza que nunca tuve para dejar en ruina los muros que, nunca mejor dicho, me pusieron entre la espada y la pared.
Y escapar... Escapar fugazmente, escapar en un suspiro, escapar en una lágrima, escapar en un parpadeo... Escapar en una vida. Y una muerte.
Escapar, de modo que seguir adelante sea menos doloroso que intentar pisar la senda que dejamos atrás.
Escapar de tal modo que sentir el suelo bajo mis pies me eleve por encima del infinito.
Mirar tanto al Sol que pueda transfigurarme en Luna.
Escapar de tal modo que grite de alegría, de rabia y de placer.
Que llore tan profundo que cada lágrima encierre de manera homogénea: amargura, pena, orgullo, felicidad, Amor y desamor.
Que el cielo sólo sea el suelo.
Que el agua fría fluya por mis dedos y mi cuerpo haciéndome inhalar oxígeno más deprisa.
Que saltar al vacío me haga sentir el más insignificante del mundo.
Que el viento impacte en mi cara con tan ímpetu que me obligue a caminar al revés.
Dejarse guiar por los instintos, las corazonadas y las voces y llantos que algún día inundaron el viento.
Que pueda fusionarme en la noche que baña el mar, en la arena que enfría mis pies. En esa noche que me regala su brisa y su oscuridad y en ese mar, que me lega su tranquilidad y su tempestad.
Que me asome por la ventanilla delantera de un coche con la cabeza por fuera, mientras ramas y flores, viento e historia acarician mi tez y se emborronan en la inmensidad.
Que me vea obligado a enfrentarme a mi némesis interior para ascender un escalón más.
Que una canción revele la toda pasión y rabia poética que encierra y que un saxofón, un piano y una guitarra rujan al unísono haciéndome entrar en una sinestesia sin paragón.
Que alguien me coja de los hombros, me empuje hacia una pared y me bese de tal manera que esa unión física desbloquee hasta el más recóndido rincón de mi ser que quedó encerrado bajo mil cerrojos.
Que todas las notas ocres que quedaron en el frigorífico estampadas bajo un imán, que todas las fotos que estuvieron encerradas bajo un plástico, que todas las historias que se sellaron con una carta, vuelen hasta más allá del horizonte... Que vuelen más allá de donde nunca podré pisar.
Que un dedo deslizándose desde mis labios hasta mi ombligo me haga vibrar de placer y arder de lujuria.
Que una risa se abra paso entre el los mundanales ruidos y sea una pequeña luz. Una pequeña luz, tan pequeña, que ni toda la infinita oscuridad pueda eclipsarla.
Y escapar de todas esas formas. Y de incontables formas más, ¡maldita sea!.
Y correr. Correr tan rápido que el tiempo se detenga. Correr tan intensamente que el universo se abra a mis pies. Correr tan fuerte que deje huella hasta en la misma piedra. Correr de una forma tan tenaz que ni mis limitaciones fisiológicas restrinjan mi ímpetu.
Y desfallecer en un instante. Caer en el suelo para saber que alguna vez he estado de pie. Mirar el cielo y comprender que el universo cambia, se desvirtúa, se retuerce en sí mismo para dejar de ser y volver a ser de nuevo, para morir y nacer, para destruirse y construirse, para romperse y ser explorado de mil formas intrincadas. Ahora; ese universo, ese cielo y esos astros que bañan el iris de mis ojos, son un laberinto diferente, un reto diferente, un sitio mío y a la vez de los demás. Un lugar donde entrar y morir, perderse para encontrarse de nuevo al amanecer.
Y así, al fin, que el cielo se parta en dos ante nuestras cabezas. Cerrar los ojos y apagar la luz del universo, fundirse con la colosal tenebrosidad y dejar de ser para quizás, volver a ser. ¿Volver a ser en otra cárcel de rutina y atadura? Quién sabe...
Pero sólo ahí, sólo en ese instante es cuando se aprecia la voluptuosidad, la belleza, la importancia y la fugacidad de un segundo.
Sí, de un segundo. Porque a fin de cuentas para escapar no nos hace falta más. Porque un segundo más, siempre es un segundo menos...
Y correr. Correr tan rápido que el tiempo se detenga. Correr tan intensamente que el universo se abra a mis pies. Correr tan fuerte que deje huella hasta en la misma piedra. Correr de una forma tan tenaz que ni mis limitaciones fisiológicas restrinjan mi ímpetu.
Y desfallecer en un instante. Caer en el suelo para saber que alguna vez he estado de pie. Mirar el cielo y comprender que el universo cambia, se desvirtúa, se retuerce en sí mismo para dejar de ser y volver a ser de nuevo, para morir y nacer, para destruirse y construirse, para romperse y ser explorado de mil formas intrincadas. Ahora; ese universo, ese cielo y esos astros que bañan el iris de mis ojos, son un laberinto diferente, un reto diferente, un sitio mío y a la vez de los demás. Un lugar donde entrar y morir, perderse para encontrarse de nuevo al amanecer.
Y así, al fin, que el cielo se parta en dos ante nuestras cabezas. Cerrar los ojos y apagar la luz del universo, fundirse con la colosal tenebrosidad y dejar de ser para quizás, volver a ser. ¿Volver a ser en otra cárcel de rutina y atadura? Quién sabe...
Pero sólo ahí, sólo en ese instante es cuando se aprecia la voluptuosidad, la belleza, la importancia y la fugacidad de un segundo.
Sí, de un segundo. Porque a fin de cuentas para escapar no nos hace falta más. Porque un segundo más, siempre es un segundo menos...
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